Somos colaboradores de Dios

Somos colaboradores de Dios

Consciente de su indignidad y de que ha sido «misericordiosamente investido de este ministerio» (2 Cor. 4,1), San Pablo sabe que su misión consiste nada menos que en ser «colaborador de Dios».

Esta misión tan sublime la vive ante todo con gratitud y admiración: «Doy gracias… a Cristo Jesús, que se fió de mí y me confió este ministerio» (1 Tim. 1,12). Cuando escriba a Timoteo, ya en los últimos años de su vida, Pablo no ha dejado de admirarse ante este hecho increíble: «¡Se fió de mí!» Dios le ha llamado a colaborar íntimamente consigo, ha puesto en sus manos la redención operada por Cristo y ha confiado a sus labios la Buena Nueva de la salvación. ¡Qué asombro! El Dios infinito se ha fiado de Pablo, un hombre débil y pecador.

Una admiración que alcanza su grado culminante por el hecho de que esta colaboración consiste nada menos que en ser «administrador de los misterios de Dios» (1 Cor. 4,1). Según las costumbres de la época, el administrador (o «ecónomo», es decir, encargado de la casa) gozaba de la plena confianza de su dueño, disponía de sus bienes y le representaba al exterior, sobre todo en lo referente a los bienes materiales del propietario (cf. Lc. 12,42; Sal. 105,21). ¡Dios se fía de Pablo y de su gestión al frente de su casa y pone en sus manos la administración no de unos bienes materiales, sino de sus mismos misterios! ¿Cómo no vivir en la gratitud y en la admiración continuas?.

Esta conciencia de ser colaborador de Dios le hace además vivir a Pablo en la humildad más profunda y radical. Considerando la grandeza de la misión que le ha sido confiada, exclama: «Para esto, ¿quién es capaz?» (2 Cor. 2,16). El apóstol verdadero experimenta agudamente su incapacidad; todos sus valores y cualidades son radicalmente insuficientes en orden al altísimo encargo recibido. Por eso es Dios mismo -que llama al apóstol a ser colaborador suyo- quien «le reviste de fortaleza» (1 Tim. 1,12) y le capacita: «no que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos cosa alguna, como propia nuestra, sino que nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de una nueva Alianza»(2 Cor. 3,5-6). Dios, el único suficiente, viene en ayuda de su colaborador para hacerle partícipe de su suficiencia.

Pablo sabe que en esta colaboración debe trabajar duro, hasta dejarse la vida (sabemos hasta qué punto se «gastó y desgastó» por sus cristianos: cf. 2Cor. 11,23-29). Pero sabe también que «ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer» (1 Cor. 3,7); no niega su trabajo, ni el de los demás apóstoles («yo planté, Apolo regó»), pero afirma categóricamente que «fue Dios quien dio el crecimiento» (1 Cor. 3,6). Podría haber dicho con el salmista: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» (Sal. 127,1).

Por eso, cuando hablando apasionadamente le salgan las palabras «he trabajado más que todos ellos», matizará inmediatamente: «Pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo» (1 Cor. 15,10). Ciertamente ha trabajado, incluso más que los demás, pero colaborando con la gracia: el sujeto y protagonista principal ha sido Dios mismo, que mediante su gracia ha incorporado y asumido a Pablo en la tarea evangelizadora; no ha sido principalmente él, aunque con la ayuda de la gracia, sino ante todo la gracia, que le ha capacitado, fortalecido y sostenido.

Por eso, cuando los corintios se queden detenidos en los hombres, admirando y alabando a tal o cual evangelizador, Pablo cortará por lo sano: «¿Qué es Apolo? ¿Qué es Pablo? … ni el que planta es algo, ni el que riega» (1 Cor. 3,5-7). Quedarse en los hombres es desvirtuar su condición de colaboradores de Dios y olvidar que el único salvador es Jesucristo.

Por otra parte, la condición de colaborador de Dios despierta en Pablo un profundo sentido de responsabilidad, pues «lo que en fin de cuentas se exige de los administradores es que sean fieles» (1 Cor. 4,2). Responsabilidad ante Dios: «Mi juez es el Señor» (1 Cor. 4,4). Responsabilidad de quien sabe que tiene confiado «el santuario de Dios», es decir, la comunidad de los cristianos, la Iglesia, que puede quedar dañada o destruida por el mal colaborador: «si alguno destruye el santuario de Dios, Dios le destruirá a él, porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario» (1 Cor. 3,17).

Sentido de responsabilidad que le lleva a advertir también a los demás y a abrirles los ojos respecto de la seriedad de su colaboración con Dios: «¡Mire cada cual cómo construye!» (1 Cor. 3,10). Pues el resultado depende de que uno colabore en la construcción del templo santo de Dios «con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja» (1Cor.3,12). Al final se pondrá de relieve el valor y la duración de la construcción de cada cual. Sólo lo que pase la prueba del fuego perdurará eternamente; lo demás desaparecerá como el humo: en realidad no habrá construido nada.

Sin duda que el consejo que Pablo daba a los cristianos de Filipos de «trabajar con temor y temblor por su propia salvación» (Fil. 2,12), lo aplicaría a sí mismo también en cuanto ministro de Cristo. En toda su vida y en su actividad jamás actuaba con ligereza; sabiendo que «es Dios quien obra en nosotros el querer y el obrar, como bien le parece» (Fil. 2,13), procuraba acoger y secundar responsablemente la acción de Dios evitando «echar en saco roto la gracia de Dios» (2 Cor. 6,1).

Finalmente, es su condición de colaborador de Dios lo que le daba a Pablo autoridad para hablar a los hombres, pues lo hacía no en nombre propio, sino en nombre de este Dios que era el protagonista principal de su vida: «como cooperadores suyos que somos, os exhortamos…» (2 Cor. 6,1). El apóstol sólo secunda la acción y el impulso de Dios y su palabra, no los sustituye con su propia iniciativa. Actúa porque actúa Dios, en su misma dirección y sentido.


El autor de esta obra es el sacerdote español Julio Alonso Ampuero, a quien expresamos nuestra gratitud. Aquí la obra se publica íntegra, por entregas. Lo ya publicado puede consultarse aquí.