Caso de un teólogo que niega los milagros de Jesús

“La negación del valor apologético de los milagros tiene dos raíces fundamentales, aparentemente contradictorias: (1) El racionalismo. Desde comienzos del siglo XVIII algunos filósofos niegan los milagros, y por supuesto su valor apologético: los consideran ridículos, repugnantes para la razón (Pierre Bayle). El determinismo que impera en el mundo creado los hace simplemente imposibles (Spinoza, Voltaire, Hume). El exegeta protestante Rudolf Bultmann (1884-1976), heredero del racionalismo del XVIII y del XIX, considera que los milagros de Evangelio son mitos, relatos legendarios, sin realidad histórica alguna. Ésa fue también la línea del modernismo. (2) El irracionalismo. El protestantismo luterano es fideista desde el principio, y aborreciendo la razón, niega necesariamente el valor apologético de los milagros. Si la razón es para Lutero «la ramera del diablo», tendrá que rechazar los «preambula fidei», que ayudan a la razón para que la fe sea un «obsequium rationabile» (Rm 12,1). En todo caso, entre los católicos actuales, la exégesis tan frecuentemente desviada, como la de Kasper, es más bien racionalista y bultmanniana…”

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Las manos de Jesús

Las manos de Jesús bendecían, partían el pan, incluso lo multiplicaba. ¿Alguna vez has pensado en las manos de Jesús?

Cierro los ojos y pienso en las manos de Jesús: Fuertes y vigorosas, de carpintero. Y, al mismo tiempo, tiernas, como cuando acariciaba a un niño o limpiaba una lágrima de las mejillas de la Virgen. Manos que extendían, respetuosas, los rollos de las Escrituras en la Sinagoga. Dedos que enfatizaban sus palabras o escribían sobre la arena.

Las manos de Jesús bendecían, partían el pan, incluso lo multiplicaba. Eran manos que curaban y hasta resucitaban. Podían expresar enojo con los mercaderes en el templo y ternura con los enfermos que llegaban a Él.

Las manos de Jesús enseñaban, expresaban, amaban. Con ellas difundía su misericordia y amor. Eran manos que entregaban incesantemente. Manos orantes, cuando Él subía al monte a conversar con su Padre en la madrugada.

Es hermoso meditar en las manos de Jesús e impresionarse con ellas. Pero ¡Cómo duele pensar en ellas crispadas, heridas, perforadas! Manos en cruz y de cruz, rotas por sostener el peso del Nazareno. Manos inertes cubiertas de sangre y bañadas con los besos y lágrimas de su madre abrazándolo muerto. Manos cruzando el pecho, muertas, envueltas por un sudario en la tumba apagada e impasible de José de Arimatea.

Es fácil removerse ante las manos dolorosas de Jesús, pero ¿por qué no podemos ver con tanta claridad sus manos gloriosas? Tal vez porque nos es más familiar el dolor. Sin embargo pienso en el momento en el que Jesús venció a la muerte, cuando resucitó. ¡Qué instante! El sepulcro imprevistamente iluminado, como una explosión, y todos los ángeles venidos del cielo para ser testigos del momento anunciado desde siempre. Y las manos de Jesús, con una vida como nunca antes habían tenido, apartando el sudario. Manos con llagas, pero ¡qué hermosas y resplandecientes, y cuánto amor rebosando en las heridas! Manos vivas, que volverían a bendecir, cortar y repartir el pan y que, tal vez, harían una seña de “hasta pronto” a los apóstoles en la ascensión de Jesús al cielo.