mayo 8, 2013

Carta de Maria para ti, mujer

“Hola, mi querida hija del alma, que la paz del Señor esté contigo. Mi corazón necesitaba escribirte estas simples líneas que, como pájaro de luz, lleguen de mi corazón al tuyo…le iluminen, disipen dudas y angustias, y te hagan caminar hacia tu verdadero destino : los brazos de mi Hijo. Sí, querida mía, tu verdadero destino, que no es muchas veces el que te propone el mundo y por el… Leer más »Carta de Maria para ti, mujer

Leccion Segunda sobre el martirio

Lección Segunda

Difusión del cristianismo fuera del Imperio

Causas de esta propagación

El Imperio Romano se extendía en Europa, África y Asia sobre pueblos de temperamentos y civilizaciones sumamente diversos. Junto a la lengua latina oficial, se daba una gran multiplicidad de lenguas. Todos los paganos daban culto a los dioses de Roma, que eran los del Imperio, pero también honraban los dioses propios de su país. En aquella enorme heterogeneidad solamente se había producido una cierta homogeneidad moral entre las clases superiores de la sociedad imperial. Pero el pueblo, salvo en algunas ciudades más cosmopolitas, seguía siendo pueblo, arraigado en sus hábitos, tradiciones, idiomas y supersticiones peculiares. Un doctor alejandrino podía entenderse con un poeta o filósofo de Atenas o de Roma. Pero un aldeano celta y un montañés de Frigia apenas hallarían una idea o una palabra en común con que comunicarse.

La rápida difusión del cristianismo en medios tan diferentes, y aún hostiles a veces entre sí, adaptándose tanto a las inteligencias más cultivadas como a las más toscas, conquistando al mismo tiempo a los griegos de la brillante Jonia o a los indígenas de la brumosa Bretaña, no habiendo para él «ni griego ni bárbaro» [Col 3,11] es un hecho histórico para cuya explicación no bastan las leyes ordinarias, sobre todo si se tiene en cuenta que este desarrollo se logró en medio de obstáculos y persecuciones, y que, como dice Tertuliano, cada nuevo creyente era un candidato al martirio. Y esta historia prodigiosa, por otra parte, no sería completa si limitáramos nuestra atención al cuadro único del Imperio Romano.

En efecto, es cosa admirable que Roma, que siempre procuró impedir la difusión del cristianismo, la favorecía sin quererlo. Las grandes vías militares que llegaban a lejanísimas regiones, las calzadas de granito que atravesaban tanto los arenales de Siria como los bosques de las Galias, servían para el paso de las legiones, pero también facilitaban el viaje de los misioneros.

«Gracias a los romanos -escribe San Ireneo- goza de paz el mundo, y nosotros podemos viajar sin temor por tierra y por mar, por todos los lugares que queremos» (Adv. Hæres. IV,30). Y cincuenta años después, Orígenes: «La Providencia ha reunido todas las naciones en un solo Imperio desde el tiempo de Augusto para facilitar la predicación del Evangelio por medio de la paz y la libertad del comercio» (In Jos. hom. III).

Pero los apóstoles de la nueva fe no gozaban de estas ventajas cuando salían de las regiones tuteladas por Roma para predicar la fe a naciones independientes, enemigas a veces del Imperio. Y sin embargo, ya desde mediados del siglo II y sobre todo en el III, se intentó hacerlo, y de hecho se extendieron notablemente las fronteras del cristianismo.

Estas misiones exteriores, lógicamente, no partían sino de regiones en las que estaba la fe muy extendida y la población cristiana era muy densa. Esto explica que el cristianismo en Europa apenas traspasase las fronteras del Imperio. Por ejemplo, en las provincias fronterizas, tanto del Rhin como del Danubio, es donde más tardaron en establecerse comunidades cristianas. Y por ser éstas menos numerosas y pujantes, ocupadas en su propio crecimiento, tuvieron menos posibilidades de irradiar al exterior. Y de modo semejante, en la Europa occidental, las fronteras militares limitaron durante largo tiempo la extensión del cristianismo.

Hay en todo esto otro obstáculo importante para la difusión de la fe. Una superstición extranjera ha contagiado las regiones situadas en los límites del Imperio, llevada por funcionarios, esclavos y soldados. En todos los campamentos fronterizos del ejército romano, en Germania, a lo largo del Rhin, en Bretaña, en Panonia y Dacia, en las llanuras regadas por el Danubio, el culto de Mithra alza sus monumentos, cava sus grutas, como si hubiera de proteger así al Imperio Romano del empuje de los bárbaros, y alejar de este modo a los bárbaros de la gracia del cristianismo. Estas supersticiones procedentes del Oriente son el culto preferido de las legiones romanas, y vienen a imponerlas a las poblaciones donde se asientan.

Las iglesias de África hallan para difundir la fe otros obstáculos. Han tenido fuerza para vencer las supersticiones autóctonas, pero se ven frenadas por la doble barrera del Atlas y del desierto. En el siglo II llegan a los gétulos, pueblos del Sahara y del Oeste del Atlas, casi independientes; pero se les escapan los pueblos nómadas del Mediodía, movedizos y ligeros como las arenas llevadas por el viento. Más urgente es para estas iglesias evangelizar el Oeste, la Mauritania, que pese a sus campamentos militares y obispados, apenas llegan a ser romanas y cristianas.

Mayor fuerza difusora de la fe tendrá el cristianismo en Egipto. Va más allá de los límites del Imperio, hacia Syene, en la primera catarata del Nilo, desciende a Etiopía, avanza a lo largo del río y del mar Rojo, hasta el desfiladero de Aden, y probablemente hasta el Yemen.

Según refiere Eusebio de Cesarea, el primer impulso misionero partió de Panteno, fundador de la célebre Escuela de Alejandría. Dejó su cátedra y se fue a llevar la fe a la India (Hist. Eccl. V,10,3), es decir, en el lenguaje del tiempo, muy probablemente al sur de Arabia, donde había muchas colonias judías.

Pero es en el Asia romana donde la fe evangélica halló durante tres siglos un potente foco de irradiación en todas las direcciones. Sus misioneros, sus viajeros circunstanciales, incluso sus cautivos llevaron la fe entre los bárbaros.

A mediados del siglo III los Godos, que viven entre el Danubio y el Dniester, son evangelizados por prisioneros por ellos capturados en la invasión de Capadocia. Hay escasas noticias de que la fe llegó de Bitinia y del Ponto al Quersoneso Táurico -Crimea-, al norte del Mar Negro. Al Este de Capadocia se consiguió convertir al cristianismo a la Gran Armenia independiente, por obra especialmente de Gregorio el Iluminador. Él convirtió a la fe al rey Mitridates II, y tras él fue toda la nación. La primera guerra de religión de que nos habla la historia fue la que en el 313 Maximino Daia declaró contra Armenia por haber abrazado el cristianismo. La cruz y el sentimiento nacional dieron la victoria a los armenios.

Aún más poderoso y extenso es el avance del cristianismo hacia el Asia Central. Sobre todo desde mediados del siglo II, la fe ya arraigada en las ciudades del Oeste desde el tiempo de los apóstoles, se difunde con fuerza hacia el Este, por las fronteras orientales del Imperio. Sigue el camino de las caravanas, recorriendo el camino inverso al que llevó a los Magos a la cuna del Redentor.

Desde Antioquía la fe conquista primero el diminuto reino de Osrhoene, en la orilla izquierda del Éufrates, y especialmente su capital, Edesa, se llena de cristianos. Ya en el siglo II tiene allí la Iglesia una versión siríaca del Antiguo y del Nuevo Testamento. A fines de ese siglo se reúne allí un concilio regional. A pesar de que Caracalla anexiona el reino al Imperio, Edesa se mantiene como foco ardiente de evangelización, extendiendo la fe en Mesopotamia y por todo el Imperio Persa. A mediados del siglo III había en Mesopotamia iglesias tan florecientes como las del Asia Menor, y en la última persecución, la de Diocleciano, dieron un gran número de mártires.

Las autoridades de Persia permiten predicar la fe cristiana, tanto más cuanto ésta es perseguida en el Imperio romano. Pero estas buenas disposiciones cesan cuando el Imperio se convierte al cristianismo. Y Constantino ha de escribir al rey Sapor, solicitando protección para «las innumerables iglesias de Dios» y «las miríadas de cristianos» que vivían en aquellos Estados (Eusebio, De vita Constantini IV,8).

Cuando se reanudan las hostilidades entre Roma y Persia, se desencadenará en ésta una terrible persecución contra los cristianos, sospechosos de complicidad con Roma. Esta persecución duró cuarenta años (339-379), más tiempo que ninguna de las persecuciones romanas. Pero el cristianismo era allí tan fuerte que los torrentes de sangre derramada no bastaron para apagar la antorcha de la fe.

Según Sozomeno el primer golpe de persecución produjo dieciséis mil mártires, cuyos nombres se consignaron, y otros muchos más anónimos (Hist. Eccl. II,14). Las Pasiones de mártires que nos han llegado se refieren a cristianos de Babilonia, Caldea, Susania, Adiabene.

Otros lamentables acontecimientos frenaron el ímpetu expansivo del cristianismo en Persia. Pero aquella gran difusión primera del Evangelio en Persia, en la segunda mitad del mundo antiguo -«el segundo ojo del universo», como le dijo un embajador persa al emperador romano-, muestra claramente la potencia del cristianismo para implantarse en pueblos tan extraños a las costumbres sociales de Roma o a la cultura de Grecia.

Las herejías, sin embargo, en el siglo V, extenuaron la Iglesia en Persia, y las invasiones musulmanas del VII acabaron de abatirla.

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