50 Verbos Esenciales
Para bien vivir, hay que saber...
41. Compadecer
42. Denunciar
43. Perdonar
44. Olvidar
45. Dirigir
46. Alabar
47. Corregir
48. Perseverar
49. Despedirse
50. Morir
Si hubieseis comprendido lo que significa aquello de:
«Misericordia quiero, que no sacrificio»,
no condenaríais a los que no tienen culpa.
Mateo 12,7
Saber padecer puede aprenderse de algún modo con el verbo perder. Pero compadecer no nos puede enseñar nadie, sino aquel que, compadecido de nosotros, por nosotros padeció.
En efecto, compadecer es padecer-con el otro. Pues bien, ¿qué razón puede darse a alguien para que haga tal cosa, esto es, para que además de todos sus dolores y problemas quiera recibir sobre sí la carga de otros? Hay incluso una caricatura que esto dice: “Don’t tell me your problems; I have my own!”.
Y entonces nos preguntamos: ¿es la compasión un “lujo” que sólo puede darse la gente sin problemas? Ciertamente, cuando uno mira quiénes son los que pueden hacer (por tiempo y por dinero) las llamadas “obras de caridad” suelen ser esas personas que han sido mimadas por la vida y que por eso, como una especie de nueva afición hacen algo “por esa pobre gente”… ¿Es eso la misericordia cristiana? ¿Se parece eso a la compasión de Cristo?
Algunas veces se confunde la compasión con la simple filantropía. Ésta es etimológicamente “amor al ser humano”. Se parece a la compasión cristiana, pero no es lo mismo. Una persona sabe de una catástrofe natural y consigna unos dólares en una cuenta de ahorros para ayudar a los damnificados. Este es un ejemplo de filantropía. Y no cabe duda de que hay en ella rasgos hondamente humanos, de los cuales a menudo carece nuestra sociedad.
Sin embargo:
1. La simple filantropía tiene siempre un límite y está rodeada de preferencias y de condiciones. Es selectiva. Hay personas que sólo ayudan a niños, o a ancianos, o a enfermos de sida. La compasión es universal desde su raíz, aunque desde luego sabe hacerse concreta en la concreción de la necesidad del hermano.
2. La filantropía suele ser (no pasa siempre) vanidosa u ostentosa. A todos nos gusta tener fama de bienhechores… también al Anticristo. La compasión siempre siente que la medida del amor no es mi bolsillo de rico sino el estómago del pobre.
3. La filantropía lleva cuentas de sus buenas obras y también de los males, dificultades e ingratitudes que le ha tocado soportar. De algún modo espera “¡por lo menos que agradezcan, caray!”. Por esto fácilmente es impaciente ante los defectos ajenos. La verdadera compasión sabe más lo que no ha hecho que lo que ha podido hacer.
4. La simple filantropía en cierto modo consagra las desiguadades sociales y económicas. Le gusta que quede claro quién es el que da y quién el que recibe. Mira al pobre sólo como destinatario de un bien inmerecido, mas no como sujeto de una vida distinta e irrepetible de la que seguramente puede aprenderse mucho. Como suele decirse, “da el pecado pero no enseña a pescar”. La compasión, en cambio, no descansa hasta ver sanado y restablecido el bien íntegro del otro.
5. La filantropía tiene preestablecido un límite en su modo de dar: que no sean tocados mis intereses. Jamás echaría en la limosna “todo lo que tenía para vivir” (Mt 12,41-44).
Por todo ello podemos decir que este verbo es estrictamente cristiano. En Cristo, en efecto, en su Cruz y sólo en ella podemos aprender que amary compadecer es eso: dar la vida.,
1. ¿Qué compadeces de tu familia?
2. ¿Qué compadeces con tu familia?
3. ¿Cómo sientes y expresas tu compasión?
4. ¿Crees que exista algo para compadecer contigo?
5. ¿Quiénes y qué te compadecen?
6. ¿Como reaccionas ante el sentirte compadecido?
7. ¿Qué compadeces de una persona? (Piensa en casos concretos)
8. ¿Te compadeces a ti mismo?, Cuándo, Cómo y Por qué?
9. ¿Qué compadeces con tus amigos?
10.¿De qué crees que sirva compadecerse? (es decir qué género de
provecho tiene?)
11.¿En qué ocasiones consideras que se hace colectiva la compasión?
12.Según tu parecer, ¿a qué crees que debería llevar la compasión?
1 A ti, Señor, te
estoy clamando;
refugio mío, no te
apartes con desdén de mí.
Si tú no me respondes,
seré como los que
bajan al abismo.
2 Escucha
mis ruegos suplicantes,
el clamor que te
dirijo,
mira cómo alzo mis manos
hacia tu
santuario.
3 No
me rechaces con los pecadores,
con la gente que
obra el mal,
que dicen palabras amistosas,
pero su corazón
está lleno de maldad.
4 ¡Págales
conforme a sus acciones,
conforme al mal
que están haciendo!
Dales el salario de sus obras,
devuélveles según
se lo merecen!
5 Ellos
jamás comprenderán las obras del Señor,
lo que él llevará
a cabo.
Sin remedio los
destruirá.
6 Bendito
sea el Señor,
que escuchó mis
ruegos suplicantes.
7 El
Señor es mi fuerza, él es mi escudo;
en él mi corazón
confía.
Él me ayudó, mi corazón se
alegra;
con cantos voy a
darle gracias.
8 El
Señor es la fuerza de su pueblo,
es defensa y
salvación del rey que consagró.
9 ¡Salva
a tu pueblo,
bendice a los que
son tu propiedad,
sé siempre su guía
y su pastor!
· Cuando el hombre adquiere conciencia de ser desgraciado o pecador, entonces se le revela mejor el rostro de la misericordia divina. “¡Piedad, Señor!”, dice el necesitado (Sal 6,3) para luego cantar: “¡Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia!” (Sal 107,1).
· Para Dios la gran miseria es la del pecado. Dios no guarda rencor eterno (cf. Jer 3,12s), sino que quiere que el pecador vuelva a él (Is 55,7), que se convierta y viva (Ez 33,11; 39,25). El Señor es compasivo, porque sabe de qué estamos hechos, “se acuerda de que somos barro” (Sal 103).
· Si Dios es así, ¿qué pedirá de nosotros, sino misericordia? “Misericordia quiero, y no sacrificios” dice él (Os 4,2; 6,6) y nos enseña, ya desde el Antiguo Testamento, a amar al hermano, especialmente al necesitado (Is 58,6-11; Job 31,16-23), pero también a todo hombre (Sir 27,30—28,7).
· Jesús es el rostro de la misericordia y la compasión del Padre Dios. Prefiere a los pobres (Lc 4,18; 7,22) y se codea con publicanos y pecadores (Mt 9,10). Es compasivo con las muchedumbres (Mt 9,36; 14,14; 15,32) con la viuda desconsolada (Lc 7,13) o el padre afligido (Lc 8,42; 9,38-42). De modo insuperable nos ha transmitido la piedad del Padre Dios hacia el hijo que retorna (Lc 15). Ni siquiera excluye de su compasión a sus propios enemigos, por los que ruega (Lc 23,34). En verdad, “tal era el sumo sacerdote que nos convenía (Heb 4,15; 7,26).
· Porque éramos pobres, el Padre nos ha mandado a su Hijo. —San Agustín.
· No hay que juzgar de las cosas por las opiniones de los malvados, a quienes el castigo les parece peor que su propia maldad. —Santo Tomás de Aquino, O.P.
· Debemos tener compasión de los hombres, por la ignorancia en que se hallan de los verdaderos bienes y de los verdaderos males. Este defecto es tan perdonable como la debilidad de un ciego. —Marco Aurelio.
· Nunca podemos conocer todo el peso de las tristezas, todos los cuidados, todos los sufrimientos de otro. Por consiguiente, hasta donde creáis tener derecho a quejaros, sed indulgentes. —Ludbock.
· Cuando nos cueste trabajo conmovernos, preguntémonos cómo nos iría si así de inexorables fueran los demás con nosotros. —Séneca.
· La bondad es la primera y más conmovedora manifestación de Dios. —Bossuet.
· Sed sobre todo buenos; la bondad desarma a los hombres. —Fray Enrique Lacordaire, O.P.
· A veces no está lo bueno en lo grande; siempre, en cambio, está lo grande en lo bueno. —Anónimo.
· Ningún pecado destruye del todo la bondad de la naturaleza. —Santo Tomás de Aquino, O.P.
Porque cuanto dijisteis en la oscuridad, será oído a la luz,
y lo que hablasteis al oído en las habitaciones privadas,
será proclamado desde los terrados.
Lucas 12,3
El mal y la tiniebla son buenos amigos. En efecto, así como la verdadera muerte no es simplemente el término de esta vida, sino la pérdida definitiva de la gracia, así también la tiniebla, para ser del todo lóbrega, necesita revestirse de maldad. También el mal necesita de la tiniebla para caer por sorpresa y evadir las defensas, para ser rápido, sinuoso y certero. Tras este objetivo ha de armarse de hipocresía, abundar en mentira, hacer parecer bueno lo malo y malo lo bueno, o por lo menos crear tal confusión que no se le pueda encontrar a tiempo.
La gran fuerza de los malos es la complicidad de los buenos. Es aterrador caer en la cuenta de que la inmensa mayoría de los males hubieran podido ser evitados si alguien hubiera denunciado el peligro a tiempo. Quizá estos silenciosos sean tan culpables como los que se muestran francamente malvados.
Sin embargo, es aguda la tensión a que suele someternos este verbo, pues, siendo como es tan necesario, no resulta fácil de vivir. Se trata en verdad de un caso especialmente arduo del verbo discernir, que de suyo ya es difícil y delicado.
Además, denunciar supone una compleja serie de actos:
1. Percibir con la mayor claridad posible:
a) los hechos y su relación estructural;
b) la historia próxima y remota del actual estado de cosa;.
c) los protagonistas y sus eventuales grados de implicación;
d) las posibilidades y obligaciones reales de cada cual;
e) los acuerdos u otras disposiciones legales, su fuerza jurídica y el conocimiento que de ellas se tenga.
2. Valorar en su justa medida:
a) nuestros propios intereses, prejuicios e intenciones en el asunto;
b) los niveles de comunicación de los protagonistas entre sí, con nosotros y con terceros;
c) las indisposiciones o preferencias de unos para con otros y sus posibles envidias o dependencias;
d) a quién beneficia o quién se juzga beneficiario del actual estado de cosas y en qué medida;
e) el uso de la autoridad como agravante o mitigante de la responsabilidad personal.
3. Discernir del mejor modo:
a) qué tanto pesa en nosotros y para los protagonistas el bien común;
b) cuál es la urgencia y cuál la importancia de los males que deseamos evitar y de los bienes que deseamos favorecer;
c) cuánto tenemos de amor a la justicia y cuánto de soberbia, orgullo herido, venganza o resentimiento;
d) qué secuencia conviene seguir para enfrentar los males y con qué prioridad han de buscarse los bienes;
e) a quiénes hay que hablar, en qué orden, de qué modo y en qué circunstancias.
4. Pronunciarse de tal manera que:
a) lo primero y lo último que digan nuestros ojos, ademanes, actitudes y palabras sea amor: amor sincero, directo, serio, profundo, irreversible;
b) cuanto digamos tenga la fuerza de quien sabe los hechos, y la humildad de quien reconoce que quizá puede haberlos interpretado o conocido sólo parcialmente;
c) en la medida de lo posible, la palabra sea oportuna, clara, asertiva, discreta, desinteresada, imparcial, constructiva y siempre apelable;
d) estemos también dispuestos a acoger nuestra parte de responsabilidad, pero no a negociar nuestra mediocridad o pecado con el de los demás;
e) todo lo que hagamos o digamos lo pueda oír con agrado Nuestro Señor y Salvador, Juez de todos, Jesucristo.
Verbo de prudentes y de santos, verbo de profetas y de sabios, grande es en todo aspecto aquel que sabe denunciar el mal y abrir la puerta al bien, a todo bien.
1. Según tu juicio , ¿a quién le corresponde denunciar?
2. Pero. ¿denunciar qué y ante quién?
3. ¿Qué se debería denunciar en tu casa?
4. Comenta,¿ qué quisieras denunicar en tu trabajo?
5. Ante ti mismo. ¿Qué denuncias de tu propio trabajo?
6. ¿Quién denuncia tus juicios, acciones y obras?
7. ¿Como puedes saber que denunciar no iría contra la justicia y la paz
sino precisamente por ellas?
8. ¿Es peligroso denunciar? (Explica)
9. ¿Ante quién te denuncias y por qué?
10.Haz una breve demnuncia de la Iglesia, ante la Iglesia misma.
(Ejercicio)
1 No
por nosotros, Señor, no por nosotros,
hazlo por el honor
de tu nombre:
muestra tu amor y
lealtad.
2 Que
no nos digan los paganos:
¿Dónde tienen a su
Dios?
3 Nuestro
Dios está en el cielo,
él puede hacer
todo lo que quiere.
4 Sus
ídolos, en cambio, son simple plata y oro,
hechura de manos
humanas.
5 Tienen
boca y no hablan,
tienen ojos y no
ven,
6 tienen
oídos y no oyen,
narices, y no
pueden oler,
7 tienen
manos, y nada sienten,
tienen pies y no
caminan,
y no hay voz en
ellos.
8 Como
ellos sean sus fabricantes,
y todos los que en
ellos confían.
9 Que
Israel confíe en el Señor:
él es su auxilio y
su escudo;
10 Que la familia de Aarón confía
en el Señor:
él es su auxilio y
su escudo;
11 que los fieles del Señor
confíen en el Señor:
él es su auxilio y
su escudo.
12 El Señor se acuerda de
nosotros,
que él nos
bendiga.
Bendiga al pueblo de Israel,
bendiga a la
familia de Aarón;
13 bendiga a los fieles del Señor,
grandes y
pequeños.
14 Que el Señor los multiplique,
a ustedes y a sus
hijos.
15 Que los bendiga el Señor
que hizo el cielo
y la tierra.
16 El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la
dio a los seres humanos.
17 No son los muertos quienes
alaban al Señor,
ni los que bajan
al reino del silencio.
18 Nosotros, sí, bendeciremos al
Señor,
desde ahora y por
siempre.
Aleluya.
· La Biblia puede ser vista, toda ella, como una inmensa denuncia del mal seguida de cerca por un precioso anuncio de un nuevo bien. Por eso la Biblia no oculta el mal ni el pecado de nadie, porque quiere curar a todos.
· Ante todo se denuncia la idolatría (Os 2,7-15; Jer 2,5-13.27-28; 5,7; 16,20; Is 40,19-20; 41,6-7.21-24; 44,9-20; 46,1-7; cf. Jer 10,1-16; Bar 6; Dan 14); la impureza radical del hombre (Is 6,5; 59,2) ya se trate de un rey (2Sam 12; 1Re 21), de los jefes y jueces (Am 5,7; 6,12), de los sacerdotes (Ez 8,7-12) o de todo el pueblo (Jer 13,23; Sal 50). Todos estos pecados contra Dios, que es el Santo (Is 6; 10,17.20; Os 11,9; Jer 50,29), reclaman castigo y la intervención divina (tema del «Día de Yahvé»: Is 2,6-22; 5,18-20; Os 5,9-14; Jl 2,1-2; Sof 1,14-18).
· Jesús denuncia abiertamente, movido de inmenso celo los pecados de su tiempo: a los escribas y fariseos, especialmente, que, poniendo su confianza en la observancia y erigiéndose como maestros, cerraban en realidad la puerta al Reino de Dios (Mt 5,20; 15,12-14; 16,6-12; 22,41-46; 23,1-32); a los sumos sacerdotes y saduceos (Mt 21,23-27; 22,23-33) y en general a Jerusalén y a toda su generación (Mt 23,33-39; Lc 19,41-44).
· También Pablo Apóstol tiene denuncias fuertes: al incestuoso de Corinto (1Cor 5,3-5), a la insensatez de los gálatas (Gál 3,1-3), a los que pretenden obligar a todos a que cumplan la ley judía como si en ella estuviera la salvación que sólo Cristo puede dar (Flp 3,2-3), a los impuros por adulterio, homosexualidad y también a los ladrones, borrachos, avaros (1Cor 6,5-10; 1Tim 1,8-11).
· Santiago también es duro en su denuncia contra los ricos indolentes (St 1,9-11; 2,1-12; 4,13—5,6) y contra los irreflexivos o murmuradores (St 3,1-12). Y el Apocalipsis, por su parte, reserva frases fuertes para el pecado de los cristianos: Ap 2,4-6.14-16.20-23; 3,2-3. En todos estos casos la denuncia es siempre un apremio hacia la conversión, pues Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ez 18,23; 33,11).
· Deberías avergonzarte de no haber sufrido aún por servir a Dios lo que tantos de sus infelices enemigos han sufrido por combatirlo. —Palau.
· Es posible engañar parte del pueblo todo el tiempo; es posible engañar parte del tiempo a todo el pueblo; jamás se engañará a todo el pueblo todo el tiempo. —A. Lincoln.
· Dios bendijo nuestra tierra cuando le envió el Salvador. —Orígenes.
· Antes de reclamar tus derechos, examina cuánto cumpliste de tus deberes. —Andreotti.
· Es la sinceridad una expansión del corazón. —La Rochefoucauld.
· La misericordia es una virtuosa tristeza que se produce en nuestros corazones, impulsándonos al deseo de librar al prójimo del mal que sufre. —San Francisco de Sales.
· La verdad no hace tanto bien en el mundo, como mal causan sus apariencias. —La Rochefoucauld.
· Padeciendo, los santos superan a los enemigos que se alzan contra ellos; compadeciendo, retornan al camino de la salvación a los débiles. —San Gregorio Magno.
Y cuando os pongáis de pie para orar,
perdonad, si tenéis algo contra alguno,
para que también vuestro Padre, que está en los cielos,
os perdone vuestras ofensas.
Marcos 11,25
«Hagamos de cuenta que no ha pasado nada». Para muchos, esta es la fórmula de absolución propia para otorgar el perdón que se nos pide. Pero, ¿dice ella realmente lo que pretende? ¿Es humanamente posible prescindir de lo que realmente pasó y nadie puede negar que pasó? ¿Es esa la imagen que debemos tener del perdón divino?
Es verdad lo que dice Ezequiel: «Si digo al malvado: “vas a morir” y él se aparta de pecado y practica el derecho y la justicia […] ninguno de los pecados que cometió se le recordará más» (Ez 33,14.16). Pero, ¿es que todo perdonar supone olvidar? La pregunta es difícil de responder.
Si uno dice con el refrán “yo perdono pero no olvido”, normalmente eso significa que uno conserva a la manera de un arma el recuerdo de los defectos o errores ajenos, para poder enrrostrárselos cuando sea necesario. Un ejemplo típico es el del jefe que sabe cuándo recordar a su empleado cuántas veces ha llegado tarde, aunque cada una de esas veces le dijo sonriendo: “No se preocupe, Martínez, a todos nos pasa…”. En este caso no había perdón, o mejor: sólo lo había de labios para fuera. Pero el dolor y el orgullo herido estaban ahí intactos.
Por otro lado, si uno dice que “todo perdonar es olvidar”, ¿es creíble que una persona llegue de veras a perdonarse a sí misma? Si estaré perdonado sólo cuand olvide, ¿cómo perdonarme lo que yo sé bien que sí hice?
Por eso parece más sensato separar netamente los verbos “perdonar” y “olvidar”, sabiendo que alguna relación tienen, pero que no son siempre concomitantes.
En efecto, lo propio del perdón no es negar el pasado, sino superarlo, transformarlo, redimensionarlo, reconducirlo, recrearlo. Dios cuando nos perdona no padece amnesia, sino que da —regala— un desenlace distinto a lo que parecía perdido.
Hay un principio básico que hace posible el perdón: los actos humanos anteriores cobran sentido de los posteriores. Así por ejemplo, mil amabilidades para luego pedir un favor, no se llaman “mil amabilidades”, sino “un favor”; pero lo contrario también es cierto, porque hay veces en que ningún ensayo de la orquesta suena tan bien como la presentación final: ésta, en ese sentido, justifica los intentos e incluso los errores que la han precedido. Se trata solamente de ejemplos, pero nos ayudan a ver.
El perdón, pues, no es prescindir de lo que pasó, sino hacer realmente posible que pasen cosas buenas y nuevas, sobre una base probablemente vieja y mala. No es simplemente que no se vuelva a repetir el mal, sino que se haga posible un bien que, si no hubiera habido ese mal, tal vez nunca se hubiera dado. Como se ve, lo más cercano al perdón es la creación y perdonar es ser ministro de una creación nueva. Pensemos en la samaritana perdonada y convertida de que nos habla el capítulo 4 del Evangelio según San Juan. El perdón que ella recibe la hacen testigo y apóstol de una noticia de gracia que ella no hubiera podido decir si no hubiera sido perdonada.
Por consiguiente, para hacernos una idea cabal de lo que es el perdón, debemos tener en mente algo como el siguiente esquema («S» es la samaritana):
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Momento 1 ® |
Momento 2 ® |
Momento 3 |
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S antes de pecar |
S en pecado |
S perdonada |
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¯ |
¯ |
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