50 Verbos Esenciales
Para bien vivir, hay que saber...
31. Agradecer
32. Ahorrar
33. Dar
34. Admirarse
35. Expresarse
36. Respetar
37. Acoger
38. Agradar
39. Celebrar
40. Cooperar
Tomó luego los siete panes y los peces
y, dando gracias, los partió e iba dándolos a los discípulos,
y los discípulos a la gente.
Mateo 15,36
De acuerdo con Santo Tomás de Aquino, la palabra “gracia” puede referirse a una de tres cosas:
1. La benevolencia que alguien, normalmente un superior o soberano, tiene por alguien: “el emisario halló gracia ante el rey…”;
2. Aquello que alguien otorga a alguien, precisamente como signo de la actitud mencionada: “…y le concedió la gracia de la libertad para su padre…”;
3. La expresión de felicidad y bienquerencia que esto otorgado produce en quien lo ha recibido: “…entonces el emisario le dio infinitas gracias”.
Según esto, el agradecer se inscribe en la lógica de la gracia, y por tanto en la del pedir y recibir. Por consiguiente, aprender a agradecer supone que se ha aprendido, o por lo menos se está aprendiendo, a recibir.
Una expresión de gratitud tiene mucha fuerza de humanidad en quien da las gracias y en aquel a quien se dan las gracias.
En efecto, como veremos en su momento, dar es un acto propio de la dignidad de persona, porque sólo aquel que se posee puede darse o dar algo realmente suyo. Por ello, al dar la persona en cierto modo se disminuye, en el sentido de que no puede dar sin perder de alguna manera. Sin embargo, esto que da, sea una palabra, una idea, un afecto o una cosa, es siempre algo menor que sí mismo. Por eso, cuando la persona recibe las gracias, recibe algo mejor que lo que dio, porque las gracias siempre tienen la dignidad de la persona que agradece.
Así pues, cada “gracias” que decimos enriquece a quien lo escucha, porque le hace recuperar, mejorado, aquello que dio.
Para saber agradecer, entonces, hay que partir del deseo de que el otro pueda crecer en su ser de persona humana. Lejos de toda exageración, adulación o simulación, el verdadero agradecimiento es un amable estímulo en la línea de la generosidad, de la eficiencia y de la prudencia. El agradecimiento ha de ser oportuno, sincero, afectuoso, pero sobre todo, gratuito. ¡No mezcles agradecimientos con nuevas peticiones, pues muy fácilmente van a sentir que estás simplemente haciendo un negocio! Al contrario, da las gracias como si no fueras a volver a ver a la persona. En este sentido, te resultará útil el verbo despedirse.
Es ésta la razón por la que no hay gratutud más hermosa que la que tenemos a Dios. Porque su gracia nos hace agradecidos, y nuestras gracias nos hacen gratos.
1. ¿Cuáles son las personas con quienes te sientes muy agradecido?
2. ¿Qué es lo que más has agradecido?
3. ¿Hay algo que debas agradecerte? ¿por qué?
4. ¿Que deberían agradecer los demás de ti?
5. ¿Qué genero de cosas son las que te agradecen tus seres queridos?
6. ¿Cuáles son esas cosas que agradeces de tus amigos?
7. ¿Eres agradecido con Dios? ¿Por qué y cómo?
8. ¿Recibes gratitud en tu trabajo?
9. ¿De qué manera demuestras tu gratitud?
10.¿A quién quisieras agradecerle algo pero aún no lo has hecho?
11.¿Qué es aquello que más agradeces a tus padres?
1 Amo
al Señor,
porque escucha mis
súplicas,
2 él
inclina su oído hacia mí:
lo invocaré toda
mi vida.
3 La
muerte me tenía en sus lazos,
la angustia del
sepulcro me invadió,
solo encuentro
dolor y tristeza.
4 Invoco
tu nombre, Señor:
te ruego, Señor,
que me salves.
5 El
Señor es bueno y es justo,
nuestro Dios es
compasivo;
6 el
Señor protege a los sencillos:
estando ya sin
fuerzas, me salvó.
7 Recobra
tu calma, corazón,
que el Señor fue
bondadoso contigo.
8 Él
me libró de la muerte,
me enjugó las
lágrimas,
me libró de caer.
9 Caminaré
en presencia del Señor
en el mundo de los
vivos.
10 He conservado la fe, pero digo:
Estoy muy
afligido.
11 Y digo en mi tribulación:
Todos los hombres
son falsos.
12 ¿Cómo podré agradecer al Señor
todo los
beneficios que me ha hecho?
13 Alzaré la copa de la salvación.
invocando su
nombre.
14 Cumpliré mis promesas al Señor
en presencia de su
pueblo.
15 Vale mucho a los ojos del Señor
la vida de sus
fieles.
16 Señor, yo no soy más que un
siervo tuyo
y mi madre esclava tuya:
pero me libraste
de los lazos de la muerte.
17 Te ofreceré un sacrificio de
gratitud
invocando tu
nombre, Señor.
18 Cumpliré mis promesas al Señor
en presencia de su
pueblo.
19 Llegaré hasta el templo del
Señor
en medio de ti,
Jerusalén.
Aleluya.
· Podemos decir que la realidad primera de la historia bíblica es el don de Dios gratuito, sobreabundante, irrevocable. La acción de gracias es la respuesta a esta gracia progresiva y continua que tiene su flor acabada en Cristo. Es conciencia de los dones de Dios, entusiasmo del alma maravillada por esta generosidad, reconocimiento gozoso ante la grandeza divina. La acción de gracias es esencial a la Biblia, porque es propio de la revelación judeocristiana encontrar a Dios donde no tenía que estar: en el regalo de una obra inesperada y bella. Es notable, por ejemplo, que entre la masa de himnos religiosos de los pueblos vecinos a Israel sea rarísimo el agradecimiento, al paso que en la Biblia es casi que el corazón de la plegaria.
· Descubrir la acción de gracias en la Biblia es al mismo tiempo encontrar el gozo (Sal 33,1-3.21), la alabanza y la exaltación (Esd 3,11; Sal 69,31), la glorificación de Dios (Sal 50,23; 86,21). Es la proclamación pública de determinadas obras del Señor: a la bendición de Dios, que da a su criatura la vida y la salvación (Dt 30,19; Sal 28,9), responde la bendición por la que el hombre, movido por este poder y esta generosidad, da gracias al Creador (Dan 3,90; cf. Sal 68,20.27; Neh 9,5; 1Cro 29,10; etc.).
· En la Biblia, la confesión de la gratitud por la salvación obtenida se desarrolla normalmente en tres partes: descripción del problema (Sal 116,3), oración angustiada (Sal 116,4), y evocación de la magnífica intervención de Dios (Sal 116,6; cf. Sal 30; 40; 124). Este género literario reaparece idéntico en toda la Escritura y obedece a una misma tradición de vocabulario, permanente a través de los salmos, de los cánticos y de los himnos proféticos.
· Si la acción de gracias goza de esa unidad, es porque en el fondo responde a una única acción de Dios. Más o menos confusamente, cada beneficio particular se siente siempre como un momento de una grande historia en curso de realización. La acción de gracias impulsa la historia bíblica y la prolonga en la esperanza escatológica (cf. Éx 15,18; Dt 32,43; Sal 66,8; 96).
· En el corazón de esta corriente de bendición y gratitud está Jesucristo. El gesto supremo de su amor es una acción de gracias (eucaristía). En la Cena y en la Cruz revela Jesús qué ha movido su vida y con qué ánimo arrostra la muerte; todo su amor es la acción de gracias de su corazón de Hijo. Por ello su Pasión es su perfecta glorificación (Jn 17,1).
· Dios no estaba obligado a crearnos. Lo ha hecho por amor. —Santa Teresa de Jesús.
· Piensa en los males de que estás exento. —Joseph Joubert.
· La precipitación exagerada en pagar un servicio es casi como una ingratitud. —La Rochefoucauld.
· No hay en el mundo exceso más bello que el de la gratitud. —La Bruyère.
· La noche abre en secreto las flores, y deja al día que se lleve el agradecimiento. —Rabindranath Tagore.
· Si haces el bien para que te lo agradezcan, mercader eres, no bienhechor. —Carlos Sánchez Navarro.
· Haz el bien a tus amigos y a tus enemigos; conservarás a los primeros y quizá atraigas a los segundos. —Cleóbulo.
· Los aduladores se hacen esclavos para esclavizar. —Jean Baptiste Descuret.
Así pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber,
y no estéis inquietos.
Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo;
y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso.
Lucas 12,29-30
«...cuando hubo gastado todo,
sobrevino un hambre extrema en aquel país,
y comenzó a pasar necesidad.»
Lucas 15,14
Este verbo puede parecer en conflicto con varias enseñanzas y varios textos típicamente cristianos.
En efecto, ¿no nos ha dicho el Señor: “Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?” (Mateo 6, 26)?
Y la Primera Carta de Juan nos advierte: “Si alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?” Ahora bien, ¿es posible ahorrar sin que tal cosa llegue alguna vez a suceder?
Sin embargo, hállanse también en la Sagrada Escritura expresiones que invitan al trabajo diligente y metódico, como aquello tan gráfico que leemos en los Proverbios:
Vete donde la hormiga, perezoso,
mira sus andanzas y te harás sabio.
Ella no tiene jefe,
ni capataz, ni amo;
asegura en el verano su sustento,
recoge su comida al tiempo de la mies.
¿Hasta cuándo, perezoso, estarás acostado?
¿cuándo te levantarás de tu sueño?
Un poco dormir, otro poco dormitar,
otro poco tumbarse con los brazos cruzados;
y llegará como vagabundo tu miseria
y como un mendigo tu pobreza. (Prov
6,6-11)
En sentido semejante nos habla Cristo, cuando quiere que midamos nuestras fuerzas a la manera de aquel rey que mira si con su ejército puede y debe enfrentar al enemigo (Lc 14,31).
Hay incluso un pasaje bien conocido que puede interpretarse como elogio del ahorro en cuanto tal. Se trata de la prudencia de José, cuando, siendo esclavo en Egipto, evitó una tragedia para Faraón previendo cuánto debía ahorrarse para el tiempo del hambre (Gén 41,25-42).
Por ello podemos preguntarnos qué es exactamente lo malo que puede darse en este verbo religiosamente polémico. Las dificultades pueden reducirse a tres:
1. El ahorro puede ser un escondrijo para la desconfianza en Dios;
2. El ahorro puede ser la casa misma del egoísmo;
3. En un sistema capitalista, el ahorro puede hacernos inconscientes de las injusticias que “otros” hacen con nuestro dinero “inocente”. Así caemos en complicidad con la opresión que hace imposible la vida para muchos.
¿Cómo librarnos de estos engaños?
1. Siguiendo lo dicho por los Proverbios, debe quedarnos claro que algún género de previsión es necesario, especialmente si otras personas (p.ej., hijos) dependen de nosotros.
2. Esto supuesto, hay que purificar nuestra intención al ahorrar, examinando a menudo nuestra conciencia con respecto a la avaricia, la soberbia y la desmedida confianza en los bienes temporales. La meditación sobre los verbos despedirse y morir es irreemplazable en este sentido
3. Téngase como principio que el mejor ahorro es una vida honrada, sobria, ordenada y responsable. En general ha de tenerse por moralmente riesgoso o francamente malo el pretender ahorrar a base de astucia financiera o de especulación monetaria.
4. Quien quiera cultivar el sano hábito del ahorro, empiece exactamente al mismo tiempo a cultivar la solidaridad y la generosidad, no sea que su ahorro a duras penas alcance para su tumba y para los abogados del juicio de sucesión. En este sentido son invaluables la donación de becas a personas necesitadas y la práctica del diezmo. Bien se nos enseña en el libro Eclesiástico: “Esconde tu limosna en el corazón del pobre, y ella rogará por ti ante Dios” (Sir 29,10ss).
1. ¿Puedes ahorrar? ¿a qué se debe?
2. ¿Para qué ahorrarías?
3. ¿Como cuánto quisieras ahorrar?
4. ¿Compartes tus ahorros?
5. ¿Economía y ahorro significan lo mismo para ti? Explica
6. ¿Te cuesta ahorrar? ¿por qué?
7. ¿Alguien ha ahorrado para ti?
8. ¿Piensas que hay que ser tacaño para poder ahorrar?
9. ¿Cómo es que ahorras, cuándo lo haces y quién lo sabe?
10.¿Ahorras tus esfuerzos?
1 Mirando hacia los montes me pregunto
de dónde podrá
venirme ayuda.
2 La
ayuda me viene del Señor
que hizo el cielo
y la tierra.
3 Él
te sostendrá para que no resbales;
él es quien te
protege y nunca duerme.
4 No,
nunca duerme el que protege a Israel,
el sueño no lo
vence.
5 El
Señor te protege,
él estará a tu
lado para defenderte.
6 De
día el sol no te hará daño,
ni la luna de
noche.
7 El
Señor te cuidará de todo mal,
él protegerá tu
vida.
8 Te
protegerá en todo lo que emprendas
ahora y por
siempre.
· El bien de la riqueza. — Hasta en los textos más tardíos se complace el Antiguo Testamento en ponderar la riqueza de los piadosos personajes de la historia de Israel, la de Job después de su prueba, la de los santos reyes David, Josafat, Ezequías (cf. 2Cro 32,27ss). En efecto, como en la Grecia de Homero, la riqueza parece en Israel un título de nobleza, y Dios enriquece a los que ama: Abraham (Gén 13,2), Isaac (Gén 26,12s), Jacob (Gén 30,43).
· Es que, para el Antiguo Testamento, la riqueza, aun la más material, es ya un bien; en particular proporciona una preciosa independencia, preserva de tener que mendigar (Prov 18,23), de ser esclavo de los acreedores (Prov 22,7), procura amistades útiles (Sir 13,21ss). Su adquisición supone normalmente meritorias cualidades humanas: diligencia (Prov 10,4; 20,13), sagacidad (Prov 24,4), realismo (Prov 12,11), audacia (Prov 11,16) y templanza (Prov 21,17).
· La riqueza no es el mayor de los bienes. — La riqueza, sin embargo, nunca es presentada en la Biblia como el mayor o mejor de los bienes. Superior a ella es, por ejemplo, la paz del alma (Prov 15,16), el buen nombre (Prov 22,1), la salud (Sir 30,14ss), la justicia (Prov 16,8). Además, hay cosas que no se compran: la exención de la muerte (Sal 49,8), el amor (Cant 8,7).
· En otro sentido, las mismas riquezas traen sus propias preocupaciones: se consume uno alimentando parásitos (Qo 5,10) y haciendo heredar a extraños (Qo 6,2). En cualquier caso, mejor que la riqueza es la sabiduría, que es su fuente (1Re 3,11ss; Job 28,15-19; Sab 8—11).
· La riqueza puede ser ídolo que obstaculiza la unión con Dios. — La riqueza endurece fácilmente y exacerba el apetito insaciable del avaro: «¡Ay de los que añaden casa a casa y juntan campo con campo hasta ocupar todo el puesto quedándose como punicos habitantes del país!» (Is 5,8); «Sus casas están llenas de rapiñas; así se han hecho importantes y ricos, grandes y gruesos» (Jer 5,27s).
· Aún más impíos son los ricos que llegan a creer que pueden prescindir de Dios: se fían de ellos y hacen de ellos una fortaleza (Prov 10,15), olvidándose de Dios, única fortaleza (Sal 52,9). «Quien se fía de la riqueza perecerá en ella» (Prov 11,28; cf. Jer 9,22). Los dones divinos, en lugar de reforzar la alianza, pueden dar ocasión de renegar de ella: «Como estaban hartos, su corazón se hinchó, por lo cual me olvidaron» (Os 13,6; cf. Dt 8,12ss).
· Así entendemos la dureza del lenguaje del Evangelio cuando comprueba que la puerta de la salvación queda cerrada para ellos, los que se consideran ricos (cf. Lc 6,24; 14,33; Mt 19,21ss). Sin embargo, no se trata aquí de maldecir los bienes materiales, pues renunciar a ellos no implica no ser propietario, porque el Evangelio no que quiere que se deshaga uno de su fortuna como si fuera un peso molesto, sino que lo distribuya entre los pobres (cf. Mt 19,21; Lc 12,33; 19,8), de modo que la bondad de Dios, con toda su sabiduría y gratuidad se prolongue a través de nuestras manos (2Cor 9,11; Hch 20,35).
· Sé moderado contigo mismo, y serás generoso con los demás. —Anónimo.
· Los avaros viven pobres para morir ricos. —Anónimo.
· No nos derramemos demasiado en las cosas que hacemos. Dios tiene derecho, en cada una de nuestras acciones, a que no le olvidemos totalmente. —Raúl Plus, S.I.
· El avaro es el que no gasta en lo que debe, ni lo que debe, ni cuando debe. —Aristóteles.
· El avaro es como el cerdo, que no es útil sino después de muerto. —San Bernardo.
· El avaro tiene todas las preocupaciones del rico y todos los tormentos del pobre. —Guinon.
· La felicidad que no se modera, se destruye a sí misma. —Séneca.
· El dinero no sacia la avaricia. La irrita. —Séneca.
· Al pobre faltan muchas cosas; al avaro, todas. —Séneca.
· El avaro y el pródigo son dos ládrones: el primero roba a los demás; el segundo se roba a sí mismo. —Anónimo.
A quien te pida dale,
y al que desee que le prestes algo no le vuelvas la espalda.
Mateo 5,42
Pedir y recibir son humanos; dar es divino.
Dar es aquel extraño verbo que tiene el aspecto del verbo perder y el corazón del verbo ganar.
Dar es lo único que obliga a Dios, que no sabe negar sus bienes a quien sabe darlos.
Este solo verbo, dar, es más fuerte que todas las leyes del mundo.
Porque el que no dio nada, todo lo perdió.
Aprender a dar es casi lo único sensato que puede hacerse antes de morir y dejarlo todo.
Lo que compramos tiene su valor; lo que damos es invaluable.
Dar es el verbo de las multiplicaciones; es la fuente de la alegría; es el único piso firme para la paz interior; la única canción que nadie podrá silenciarte.
Aprender a dar es la obra del amor que escucha; es lo único que siempre es bello.
Saber dar es lo mejor que un padre puede dar a sus hijos.
Porque nadie hay tan rico que no necesite alguna vez que le sea dado algo; ni hay nadie tan pobre que nada pueda dar.
Pedir y recibir son humanos; dar… es de Dios.
Pues “tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16)
1. ¿Qué te agrada dar?
2. ¿Porqué y a quienes das dinero?
3. ¿Te disgusta dar de lo que comes?
4. ¿Qué te cuesta dar? (tiempo, amor, tu ropa, etc.)
5. ¿Qué le das a tus amigos?
6. ¿Qué crees que te ha dado la vida?
7. ¿Lo que tienes lo consideras meritoriamente ganado o se te ha
dado?
8. ¿A quién le das atención fácilmente y a quién no?
9. ¿Has dado algo de lo que te hayas arrepentido?
10.¿De qué manera das apoyo, descanso, alegría a tus amigos?
11.¿Qué das de ti en tu ambiente de trabajo?
12.¿Qué le das a Dios?
1 Dichoso
quien honra al Señor,
y se deleita en
sus preceptos.
2 Sus
hijos alcanzarán poder en la tierra,
la descendencia de
los justos será bendita.
3 En
su casa habrá riqueza y abundancia,
su generosidad no
se agotará jamás.
4 Alumbrará
a los justos, cual luz en las tinieblas,
el que es bueno,
clemente y compasivo.
5 Será
feliz el que tiene compasión y presta,
y lleva
honradamente sus negocios.
6 El
justo jamás estará en peligro de caer,
su recuerdo será
eterno.
7 No
tendrá que temer malas noticias,
su corazón confía
firmemente en el Señor,
8 estará
seguro, sin temor,
hasta ver
derrotados a sus enemigos.
9 Reparte
con generosidad a los necesitados,
su generosidad no
se agotará jamás,
tendrá poder y
gozará de honor.
10 El malvado, al verlo, se
sentirá indignado,
y se derretirá de
envidia.
Su expectativa
quedará frustrada.
· En el origen de todo don enseña la Biblia a reconocer una iniciativa divina. «Toda dádiva perfecta… desciende del Padre de las luces» (St 1,17; cf. Tob 4,19). Dios es quien tiene la iniciativa de la creación y quien da a todos alimento y vida (Sal 104); también es él quien otorga la salud (Dt 9,6; 1Jn 4,10) y por ello la primera actitud que se impone al hombre es abrirse al don de Dios (Mc 10,15p). Recibiéndolo se hace capaz de dar con auténtica generosidad (1Jn 3,16).
· El Antiguo Testamento es, más que el tiempo del don, el tiempo de la promesa. Los dones mismos que Dios da son ante todo prefiguraciones y preparaciones de su don definitivo, que vendría con los tiempos mesiánicos. Es el Señor quien da la tierra a Abrahán (Gén 15,18; cf. Dt 8,7; 11,10), quien, por medio de Moisés, da la Ley al pueblo (Dt 5,22), don excelente (Sal 147,19s), pues es una participación de su sabiduría (Sir 24,23; cf. Dt 4,5-8). Pero la ley es impotente, si es malo el corazón que la recibe (cf. Neh 9,13.26). A Israel le hace falta un corazón nuevo; tal es el don futuro, hacia el que los profetas orientan sus aspiraciones (Jer 24,7; Ez 26,26ss).
· Lo mismo se puede decir de los demás dones del Antiguo Testamento: unos parecen quedar interrumpidos (dinastía davídica, presencia de la gloria en el templo) y sucesivas decepciones fuerzan a dirigir las esperanzas más adelante; otros dones no son ya sino recuerdos que atizan los deseos, pan del cielo (Sab 16,20s), agua de la roca (Sal 105,42). Israel ha recibido mucho pero espera —porque necesita— mucho más.
· «Si conocieras el don de Dios…» (Jn 4,10). El Nuevo Testamento, poniendo plenamente de relieve la fantástica generosidad de Dios (Rom 5,7s) trastorna las perspectivas humanas. Es el tiempo de la gracia, del dar y darse de Dios.
· El Padre nos revela su amor al darnos a su Hijo (Jn 3,16), y en el Hijo se da el Padre mismo, pues Jesús está totalmente lleno de la riqueza y don del Padre (Jn 1,14): palabras y obras, potestad de juzgar y de dar vida, nombre, gloria, amor: todo lo que pertenece al Padre es dado a Jesús (Jn 17). En su fidelidad al amor que le une al Padre (Jn 15,10), realiza Jesús el don completo de sí mismo: «da su vida» (Mt 20,28p). «Verdadero pan del cielo dado por el Padre», da «su carne por la vida del mundo» (Jn 6,32.51; cf. Lc 22,19).
· Por su sacrificio, Cristo obtiene que se nos comunique el Espíritu prometido (Hch 2,33), «don de Dios» por excelencia (Hch 8,20; 11,17). Ya en esta tierra tenemos las arras de nuestra herencia y somos enriquecidos con todo don espiritual (1Cor 1,5ss), con carismas diversos (1Cor 12), con los dones de Cristo resucitado (Ef 4,7-12), y nunca celebraremos lo bastante el don de su gracia sobreabundante (Rom 5,15-21) prenda del don final: la vida eterna (Rom 6,23).
· Queda siempre un poco de perfume en las manos de quien ofrece rosas. —Proverbio Chino.
·
Volví a creer en los amigos
y aún creo en la bondad,
después que vi a dos mendigos
partiendo un pan por la mitad. —C. Coelho.
· El día de tu santo te hicieron regalos muy valiosos. Yo solamente te pude traer un montón de semillas de naranjo, de pino, de cedro, de araucaria, de caobo y de amarillo. Yo no tenía dinero para comprarte algo lujoso. Yo solamente quise regalarte un bosque. —Jairo A. Niño.
· La generosidad no necesita salario: se paga por sí misma. —H. de Livry.
· El sol no espera a que se le suplique para derramar su luz y su calor; imítalo, y haz todo el bien que puedas sin esperar a que se te implore. —Epicteto.
· Si haces el bien porque te lo agradezcan, mercader eres, no bienhechor. —Carlos Sánchez Navarro.
· No es lo que se le da a Dios lo que cuesta, sino lo que se le niega. —P. Baeteman.
Y se maravillaban sobremanera y decían:
«Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»
Marcos 7,37
La acción que describe este verbo es en gran manera íntima; en él todo sucede “dentro”. De los santos hemos oído que supieron hablar, o que supieron amar o dar; pero ¿cuándo hemos oído: “… y tenía una gran capacidad de admiración”?
Sin embargo, este verbo, discreto y oculto como es, sabe librar de grandes males y disponer para grandes bienes. Lo que sucede es que, en él, como en todo lo verdaderamente humilde, hablan solamente los frutos
La admiración libra de grandes males:
1. De la envidia. En efecto, ¿qué es la envidia, sino una forma degenerada de admiración, una especie de admiración que no pudo ser? El envidioso se parece al admirador en que reconoce que aquello que envidia de alguna manera es superior a él; pero lo reconoce a su pesar y como a la fuerza, y por ello no recibe ningún bien de su sentimiento. ¿Podrá sanarse, si no aprende a reconocer que lo bueno es bueno, aunque no sea mío?
2. De esa forma particular de envidia: los celos. ¡Cuánta amargura en cuántas vidas por culpa de esa enfermedad que son los celos! Ellos transforman todo lo admirable en sospechoso. Habrá que cambiar la sospecha por el reconocimiento, que abre al diálogo.