50 Verbos Esenciales
Para bien vivir, hay que saber...
21. Sonreír
22. Descansar
23. Discernir
24. Cuestionar
25. Resumir
26. Evaluar
27. Ganar
28. Perder
29. Pedir
30. Recibir
Dijo Isabel: «Apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo,
saltó de gozo el niño en mi seno.»
Lucas 1,44
¿De qué sirve la alegría? ¿De qué sirve la ternura? ¿Cuánto vale una sonrisa? Tal vez nada nos muestra tanto quién es alguien como descubrir qué cosas le hacen reír o sonreír. Casi podríamos decir: “Dime qué te alegra, y te diré quién eres”. Y también podemos afirmar que, si algo cambió Cristo en nuestra vida, fue la causa y el modo de nuestra alegría. Hasta el punto de que cada paso en nuestra conversión va acompañado de un cambio en nuestro estilo de alegrarnos.
En efecto, el pecado hizo escasa la alegría, que ahora tiene un precio. Ya no es gratis, y por eso sólo puede ser gracia. Así pues, tratamos la alegría de la misma forma como tratamos la gracia. Y puesto que todo el mensaje del Evangelio —toda la Buena Nueva— puede sintetizarse en las palabras: “hay vida, hay gracia, hay perdón”, se ve que nuestro modo de alegrarnos retrata nuestra situación ante la gracia divina y ante el Evangelio.
Impresiona caer en la cuenta de que el ser humano necesita de la alegría, de la felicidad y de la sonrisa tanto o más que del alimento. Porque si una persona está dispuesta a gastar su dinero —que tanto esfuerzo le ha costado— en buscar un poco de alegría, no cabe duda de que esa alegría vale para él más que su dinero. E incluso más que la vida, pues se da el caso de que una persona sabe que se está destruyendo por un determinado vicio y sin embargo no se siente capaz de dejarlo.
En otro sentido, es hermoso ver cómo la obra de la gracia va simplificando, proyectando y ahondando la alegría. El niño sonríe y el santo sonríe. Pero hay esta diferencia: el niño sonríe de su satisfacción, sonríe porque es amado; el santo, porque ama. El mundano sonríe y el santo sonríe. Pero hay esta diferencia: el mundano sonríe porque tiene bienes; el santo, porque tiene bondad. Y por eso las sonrisas del niño o del mundano son efímeras y costosas, mientras que las alegrías y las sonrisas del santo son imágenes de la eternidad a la que tiende y de la gratuidad en la que vive.
1. ¿Es distinto para ti sonreír de reír? Trata de describir causas,
efectos y consecuencias.
2.
¿Qué
clase de sentimientos y actitudes expresas y te expresan con una risa y con una
sonrisa?
3.
Y
a ti, ¿qué te hace sonreír?
4.
¿Dios
te hace sonreír? ¿Cuándo y por qué?
5.
¿Con
cuanta frecuencia le sonríes al Dios de la Vida?
6.
¿Sonríes
a tus Papás y con ellos?
7.
¿Qué
te hace reír y sonreír de ti mismo?
1-2 Responde a mi clamor,
oh Dios defensor
de mi inocencia.
Ya tú me habías librado de los
que me acosaban;
ten compasión de
mí, oye mi súplica.
3 Señores de este mundo, ¿hasta
cuándo ultrajarán mi dignidad,
amarán la
insensatez y buscarán mentiras?
4 Vean qué portentos de bondad
hizo el Señor conmigo.
El Señor escucha
cuando yo lo invoco.
5 Hagan planes secretos, ¡pero
cuidado con pecar!
Reflexionen en sus
lechos, ¡pero en silencio!
6 Ofrezcan sacrificios como está
prescrito;
pongan su
confianza en el Señor.
7 Muchos hay que dicen: «¿Quién
nos hará ver la dicha?
El Señor ya no nos
alegra con la luz de su rostro.»
8 Pero tú pusiste en mi corazón
más alegría
que cuando hay
trigo y vino en abundancia.
9 Tranquilo me acuesto, y en
seguida me duermo,
pues solo tú,
Señor, me haces vivir confiado.
· A diferencia de los dioses griegos, saludados ordinariamente con el título de «bienaventurados» porque encarnan el sueño de felicidad del hombre, la Bibli no se detiene en la felicidad de Dios (cf. 1Tim 1,11; 6,15). Dios es, en cambio, un Dios de gloria, en lo cual también resulta distinto de los dioses griegos: mientras que éstos gozan de su felicidad sin preocuparse en realidad de los humanos, Yahveh se inclina con solicitud hacia todos los hombres: la bienaventuranza del hombre deriva de la gracia divina y es una participación de su gloria.
· Las «bienaventuranzas», situadas en el frontispicio del sermón inaugural de Jesús, ofrecen según Mt 5,3-12 el programa de la felicidad cristiana: ellas son un «sí» pronunciado por Dios en Jesús: sólo en Jesucristo la bienaventuranza anunciada es también realizada. Así se llama «feliz» a María por haber creído el anuncio del ángel (Lc 1,45) y haber dado a luz al Salvador (Lc 1,48; 11,27). Así también Simón puede sentirse feliz, porque el Padre le ha revelado en Jesús al Hijo de Dios vivo (Mt 16,17). Dichosos son también los ojos que han visto a Jesús (Mt 13,16); y dichosos sobre todo los discípulos que, esperando el retorno del Señor, serán fieles, vigilantes (Mt 24,46), dedicados completamente al servicio unos de otros (Jn 13,17).
· Yo dije: la vida desencanta. El eco me respondió: “¡canta!”. —Bernardin de Saint-Pierre.
· Al demonio le gustan las almas tristes: son su juguete. —P. Doyle.
· De todo lo que se emprende para Dios, sólo resultará bien lo que se haga con alegría. —R. P. Foch.
· ¿Quién sabe cuántas almas serán capaces de abrirse bajo el influjo de un destello de bondad? —P. Faber.
· El buen humor es el ambiente natural del heroísmo. —Keppler.
· El silencio es, a veces, un acto de energía; la sonrisa, también… —Victor Hugo.
· Sonríe… para no dar a tus enemigos el placer de verte triste, y para dar a tus amigos el placer de verte feliz. —Anónimo.
· Todos los buenos sentimientos del mundo pesan menos que una sola acción amorosa. —James Russell Lowell.
· Si a los oídos de los príncipes llegaran las verdades sin lisonjas, otros siglos correrían. —Miguel de Cervantes.
· Los aduladores son como los ladrones: su primer cuidado es apagar la luz. —Richelieu.
· El día más perdido de todos es aquel en que no nos hemos reído. —Chamfort.
· Bendigamos la risa porque ella libra al mundo de la noche. —Rubén Darío.
· El que no encuentra alegría en su casa, ¿dónde la irá a buscar? —Tamayo y Baus.
· Si no hubiera aduladores no habría tiranos. —Aristarco.
«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados,
y yo os daré descanso.»
Mateo 11,28
Agobiado por su labor —y su labor era sufrir— Job reflexiona crudamente: «¿No es una milicia lo que hace el hombre en la tierra? ¿No son jornadas de mercenario sus jornadas?» (Job 7,1).
La verdad es que este verbo, a pesar de su amable nombre, a veces implica duro esfuerzo, agria polémica y más de un sinsabor. Así sucede, en efecto, a nivel personal, comunitario y social.
A nivel personal, parece evidente que todos disfrutamos del descanso. Muchos incluso parecen trabajar para descansar, y hay personas que parecen vivir en vacaciones. Estas personas dibujan un estilo de vida que llega a convertirse en punto de referencia y centro de atención de la sociedad, como si, en el fondo, todos deseáramos alcanzar ese tipo de vida regalada y cómoda, bien por arriba de los trajines y esfuerzos que a nosotros nos agobian. Pero cuando nos detenemos un momento a mirar esa vida sin esfuerzo y sin dolor, ¿cómo negar su banalidad, su indolencia, su egoísmo, su intrascendencia, su inutilidad, sus excesos? Todo indica que, cuando no hay esfuerzo, la vida se «descuaderna» y termina hundiéndose bajo su carga de sensualidad, materialismo y vanidad.
No cabe duda de que son en realidad pocas las personas que pueden «darse el lujo» de llevar una vida indolente y acomodada. Pero es cierto que a esa vida suelen tender nuestros descansos. En este sentido, el cristiano seguramente sentirá una tensión interior, porque —lo mismo que todos los mortales— también él necesita descansar, pero —al contrario de la mayoría de los mortales— no quiere que su descanso conlleve pecado o sombra de pecado. Claramente esto significa que hay en la vida cristiana un algo que no descansa mientras estemos en esta tierra, hay en ella un esfuerzo que no ceja, que no puede cejar, y que sólo tendrá sosiego cuando hayamos partido de aquí: tal es el «servicio militar» que acompaña nuestra vida, después del pecado.
En otro sentido, sin embargo, está claro que el descanso es una oportunidad única para dejar de ver por un momento las obras de nuestras manos y ver las obras de las manos de Dios. Cuanto más parece ahogarnos la «selva de cemento», más necesaria resulta esta cercanía con la naturaleza, que con profunda sencillez puede ser tan elocuente en su silencio.
A nivel comunitario, el descanso suele ser, paradójicamente, ocasión de discusión. Aunque parezca elemental, hay que recordar que nadie descansa por otro. Lo cual entre otras cosas significa que, si alguien pretende alcanzar la «perfección» del descanso (en esta tierra), el precio es interesarse sólo por sí mismo y por lo que está sintiendo y cómo se está sintiendo. Esto, a la larga, crea una situación inevitablemente tensa, a menos que haya alguien —por ejemplo, los esclavos, o la mamá, o un empleado bien pago— que no descanse y que tenga por trabajo cuidar «mi» descanso. Pero aún en este caso es inevitable que surja el desencanto, el fastidio por el otro, la sensación de que, si el otro no va a aumentar mi placer, me estorba. ¿Hay acaso algún centro vacacional del que salga fortalecida la solidaridad y disminuido el individualismo? Muchos regalos y largas vacaciones: ¿hay una fórmula mejor para criar un niño en el más puro egoísmo? Ahora bien, todo esto no sucede siempre así, pero sí sucede siempre que aspiramos al «perfecto descanso».
Por otra parte, no cabe duda de que el descanso comunitario permite relacionarnos con los demás con la gratuidad de lo que son, y no bajo el criterio, a menudo utilitario, de lo que hacen. Descansar con otros nos ayuda a mirarlos, a descubrirlos, a escucharlos, a cambiar nuestros conceptos o preconceptos sobre ellos. Esto es especialmente cierto cuando se han empezado a compartir unos valores que invitan a salir de sí mismo y a darse a los demás.
A nivel social, en cambio, el balance difícilmente puede ser positivo. La «ley del trabajo» —no podemos negarlo— parece muy desigualmente repartida en el conjunto de la sociedad, y en este sentido, las declaraciones puramente legales no convencen. Esta es la otra cara del «descanso perpetuo» de quienes todo lo tienen:¿no será que éstos pueden siempre descansar precisamente porque hay otros que siempre trabajan? ¿No tiene cada “Epulón” su “Lázaro”, a quien nunca llega a ver? ¿Puede Dios, el Dios Justo, ser indiferente a lo que sucede entre ellos?
En este punto es interesante notar que Israel es, en este aspecto, un pueblo enteramente singular, por su modo de descansar: sábado quiere decir precisamente “descanso”, no sólo en el sentido de “cesar de trabajar”, sino, ante todo, en el de saberse llamado a una vida abundante que alcanza para todos. Por eso en el sábado debe descansar no sólo el ser humano, sino también los esclavos y los bueyes (Dt 5,14). Incluso se prevé, cada cincuenta años, un descanso para la tierra, que conlleva un descanso para los negocios: se trata del año jubilar (Lev 25,10). Hermosa perspectiva, hondamente humana, que nos recuerda que no puede haber descanso verdadero, mientras no sea descanso de todos, ante Dios y en su presencia.
1. ¿A qué te dedicas cuando quieres descansar?
2. ¿Quedas cansado, aburrido o satisfecho de la manera como
descansas?
3. ¿Tus descansos son programados periódicamente? Si así fuera, ¿Como
lo haces si se trata de un descanso al día, o a la semana, al mes o al año?
4. Cada cuanto descansas con la familia? O, ¿Tu descanso es un
cansancio para ellos?
5. ¿Tu crees que existe algo o alguien de quien y con lo que no te
cansarías? ¿Por qué lo dices?
6. ¿Te parece que existe diferencia en la manera de descansar de un
hombre al de una mujer? Describe tu opinión.
7. ¿Descansas de ti mismo? ¿Por qué y Cómo?
8. Explica esta frase: «Dale Señor el descanso eterno»
9. ¿En qué casos descansas de los
demás? ¿En qué casos descansas con los
demás?
10.¿Descansas cuando ríes y/o cuando lloras? Habla al respecto.
1 Señor,
mi corazón no es arrogante
ni mis ojos
altaneros;
no
pretendo grandes cosas,
ni maravillas
superiores a mis fuerzas.
2 Más
bien, me apaciguo
y acallo el
corazón.
Como un niño en brazos de su
madre,
así de tranquilo
está mi corazón.
3 Confíe
Israel en el Señor,
ahora y por
siempre.
· El nombre del sábado designa un descanso efectuado con cierta intención religiosa. Su práctica aparece ya en los estratos más antiguos de la ley (Éx 20,8; 23,12; 34,21). Es probablemente anterior a Moisés, aunque su origen sigue en parte oscuro. En todo caso, se trata de un día de reposo, regocijo y reunión cultual (Os 2,13; 2Re 4,23; Is 1,13).
· Los motivos del sábado. El Código de la Alianza subraya el lado humanitario del descanso sabático, que permitía a los esclavos “tomar aliento” (Éx 23,12; Dt 5,12). Pero la legislación sacerdotal le da otro sentido. Por su trabajo imita el hombre la actividad del Dios Creador. Con la cesación en el trabajo el séptimo día imita el reposo sagrado de Dios (Éx 31,13; Gén 2,2s). Dios dio así el sábado a Israel como signo, a fin de que sepa que Dios le santifica (Ez 20,12).
· El reposo del sábado era concebido por la ley en forma muy estricta; prohibición de encender fuego (Éx 35,3), de recoger leña (Núm 15,32) de preparar los alimentos (Éx 16,23). Observar el sábado era, además, según la predicación de los profetas, condición para que llegasen a realizarse las promesas definitivas del Señor (Jer 17,19-27; Is 58,13s).
· Jesús no abroga sin más la práctica del sábado: en tal día frecuenta la sinagoga y aprovecha la ocasión para anunciar el Evangelio (cf.Lc 4,16). Pero ataca el rigorismo de los doctores fariseos: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado” (Mc 2,27) y el deber de caridad es anterior a la observancia material del reposo (Mt 12,5; Lc 13,10-16; 14,1-5). Además Jesús se llama “Señor del sábado” (Mc 2,28).
· Es la inocencia la salud del alma; y la salud del cuerpo es la alegría. —Ramón de Campoamor.
· Un ciudadano ocioso es un bribón. —Juan Jacobo Rousseau.
· El que va demasiado aprisa llega tan tarde como el que va muy despacio. —William Shakespeare.
· El descanso es al trabajo como los párpados a los ojos. —Rabindranath Tagore.
· El duque de Wellington decía, con razón, que la batalla de Waterloo se había ganado en los campos de recreo de Eton. —Anónimo.
· Es menestar llevar a Dios un corazón desnudo y puro, si quieres descansar. —Kempis.
· Saber detenerse, ¿hay algo que requiera mayor atención? —P.C. Jagot.
· Aquellos que nunca encuentran tiempo para hacer ejercicio físico, encuentran después mucho tiempo para enfermarse. —Hugo Sánchez.
· El ejercicio, lo mismo que la música y la lectura, elimina los restos de salvajismo que todos llevamos dentro. —Octavio Colmenares.
«¡Conque sabéis discernir el aspecto del cielo
y no podéis discernir las señales de los tiempos!»
Mateo 16,3
El desorden del entendimiento es fuente de desorden en la voluntad. Y la oscuridad en el entender anticipa la tiniebla en el obrar. El desorden es oscuro, porque impide ver, aunque haya luz. Y la oscuridad desordena, porque poco a poco nos lleva a olvidar el lugar de cada cosa.
Frente a ello, discernir es distinguir: el primer paso para ordenar. Discernir también es pronunciar un “sí” que conlleva un “no”; por lo mismo, es trazar una frontera, es comenzar a ver.
Como acto, el discernimiento supone, en general, unos diez pasos: acogida, escucha, examen, análisis, distinción, juicio, sentencia, revisión, verificación y autoevaluación. El proceso completo supone una especie de “espiral” ascendente.
Acogida es el acto por el que nos hacemos conscientes de nuestros propios límites, y nos disponemos del mejor modo posible a recibir un “algo” distinto a nosotros mismos. Implica la conciencia de los propios prejuicios, generales, particulares y singulares, y el deseo sincero de deponerlos.
Escucha es la recepción misma de los “datos” o de las versiones de un hecho o acontecimiento. Implica atención, esfuerzo de comprensión, preguntar inteligente, recurso a la experiencia, deseo de objetividad y claridad. Si se trata, pues, de un discernimiento cristiano, la revelación bíblica y la historia y el magisterio de la Iglesia tienen aquí su lugar.
Examen es el planteamiento de lo recibido en términos abstractos, más allá de las simpatías, antipatías y demás afectos, y también más allá de lo puramente anecdótico o circunstancial, tanto de la persona que habla como de quien la escucha. Lo esencial en esta fase es al amor a la verdad. En un discernimiento cristiano, aquí se invoca la gracia de la luz del Espíritu Santo.
Análisis es la discriminación de los elementos y actores; las causas y consecuencias; lo querido sin decirlo y lo dicho sin quererlo. Fruto de esta fase ha de ser la certeza moral de que los datos del problema forman un todo coherente y de que las posibles mentiras o medias verdades en las versiones han sido debidamente subsanadas.
Distinción es la jerarquización de aquello que ha sido fruto del análisis. Conviene intentar por lo menos tres jerarquías distintas: en el orden temporal, en el orden causal y en el orden moral.
Juicio es el acto mismo de discernir. Supone tomar aquella postura que al mismo tiempo nos parece razonable, sensata, oportuna y prudente, y que deja en el corazón una sensación de verdad, de paz y de libertad frente a las personas y frente a los datos.
Sentencia es simplemente el enunciado claro, sucinto y responsable de lo que ha sido alcanzado en el juicio.
Revisión es aquella primera fase de retroalimentación en la que devolvemos el proceso de modo crítico y sereno, como desconfiando de nosotros mismos, a la luz de nuestra propia fragilidad e ignorancia.
Verificación es el contraste entre nuestra sentencia y el hecho o persona que tenemos delante. Supone probablemente una nueva acogida, escucha y análisis, en un deseo de que los implicados sean tanm favorecidos e iluminados como sea posible. Implica, pues, amor a la verdad y gran misericordia. Sin complicidad pero sin innecesaria dureza.
Autoevaluación es el tercer paso en la retroalimentación. Supone una crítica a nuestro modo de criticar y un discernimiento de nuestra manera de discernir: como un examen de conciencia por el que deseamos también mirarnos como Dios nos mira y darle toda la gloria.
Porque discernir es constituirse en alabanza de la gloria de Jesucristo, es cerrar las puertas a la ignorancia, la duda, la perfidia, el escepticismo, el error y la malicia, para abrirlas para el Espíritu.
1. ¿Piensas que discernir es algo muy personal y privado?
2. ¿El discernimiento para qué lo has empleado?
3. Cómo y con quién disciernes el gasto de tus ingresos?
4. ¿Piensas que las equivocaciones se generan por un discernimiento
mal hecho? Explica.
5. ¿Qué tanto disciernes las decisiones que tomas?
6. ¿Cómo te «aseguras» de que un discernimiento está bien o mal
hecho? Es decir, ¿Cuáles son tus criterios para ejecutar este verbo? (Ante la
existencia de un problema, de una duda, de un temor, de un amor; cómo y con
quién te confrontas, etc., etc.)
7. Entonces, ¿A qué y quién acudes para discernir o compartir tus
discernimientos?
8. ¿Crees que has perdido o no has tenido la suficiente capacidad
para discernir? ¿A qué lo atribuyes?
9. ¿Cómo crees que Dios ayuda a la conciencia para que discierna?
1-2 El malvado solo escucha la voz
de la impiedad,
el temor de Dios
no existe para él.
3 Tiene
un concepto tan vano de sí mismo
que no puede ver
ni odiar su culpa.
4 Sus
palabras son traición y engaño,
ya no puede
entender ni hacer el bien.
5 En
su lecho trama la traición,
se obstina en no
seguir el buen camino,
no se aparta del
mal.
6 Tu
amor, Señor, llega hasta el cielo,
tu fidelidad hasta
las nubes.
7 Tu
justicia es como las más altas montañas,
tus juicios, como
el océano profundo.
Tú socorres a hombres y
animales.
8 ¡Qué
precioso es tu amor, oh Dios!
Los hombres se
acogen a la sombra de tus alas.
9 Paladean
los manjares exquisitos de tu casa:
les das a beber
tus delicias a torrentes.
10 Porque en ti está la fuente de
la vida,
y en tu luz
podremos ver la luz.
11 Muestra tu amor a tus amigos,
tu justicia a los
de corazón sincero.
12 Que no me aplasten con su pie
los orgullosos,
que la mano de los
malos no me alcance.
13 Los que hacen el mal cayeron
derribados,
ya no pueden
levantarse.
· La Biblia no conoce la palabra propia para designar la conciencia sino a partir del contacto con el medio griego. En efecto, sunei/dhsij no aparece sino en Sir 10,20 y en Sab 17,10. Ausente de los Evangelios es empleada sobre todo por Pablo. Pero la realidad a que se refiere la palabra existe en toda la Biblia.
· En la Sagrada Escritura el lugar primero del discernimiento propio de la conciencia es el corazón: «David sintió latir su corazón cuando hubo hecho el censo del pueblo y dijó a Yahvé: He pecado gravemente al hacer esto» (2Sam 24,10); igualmente cuando cortó la orla del manto del ungido del Señor (1Sam 24,6) o cuando se le dijo que podría pesarle el haber derramado sangre (1Sam 25,31).
· Otras veces el juicio sobre lo bueno o malo de los actos, acciones o actitudes se da en los riñones. Sólo Dios escudriña las entrañas; sólo él conoce lo que hay en el interior de cada cual (Jer 11,20; 17,10; Sal 7,10). Por eso, sólo Dios puede verdaderamente discernir los espíritus.
· De aquí la necesidad de tener un corazón puro, para poder ver a Dios (Mt 5,8). San Pablo le aconseja a Timoteo que promueva: «un corazón puro, una conciencia recta y una fe sincera» (1Tim 1,5). En donde es posible ver la transición de la noción más veterotestamentaria de “corazón” a la neotestamentaria de “conciencia”.
· La meta de esta conciencia es llegar a ser “irreprochable” (2Cor 1,12; cf. Hch 23,1; 24,16), teniendo siempre claro que “el que juzga es el Señor” (1Cor 4,4). Esta conciencia, pues, no es tanto “autónoma” cuanto teónoma, en la medida en que Dios —por la comunicación del Espíritu Santo— es su ley. Por eso la conciencia discierne más y más en la medida en que se colma de fe (sin “desocuparse” de su capacidad de razonar): 1 Tim 1,5.19; 3,9; 4,1s; 2 Tim 1,3; cf. Heb 13,18; 1Pe 3,16).
· Esta obra del Espíritu en el creyente florece a veces en un carisma singular, el del discernimiento de espíritus, del que habla Pablo en 1Cor 2,11s; 12,10.31; cf. 14,12.
· Nadie se distraza de algo peor que de sí mismo. — S. Elizondo.
· Quéjase todo el mundo de su memoria; pero nadie de su capacidad de juzgar. —La Rochefoucauld.
· No te imagines que los demás tienen tanto interés en escucharte como el que tú tienes de hablar. —Antístines.
· Desconocer lo que sucedió antes de ti es como quedarte siempre niño. —Cicerón.
· La verdadera manera de ser engañados es creerse más listos que los demás. —La Rochefoucauld.
· Dios mira si tus manos están limpias, no necesariamente si están llenas. —Publio Siro.
· Todo hombre considera su condición humana con cierto aire de melancolía. —Ralph Waldo Emerson.
· Personas hay en quienes los defectos sientan bien, y otras que son desagradables con sus buenas cualidades. —La Rochefoucauld.
· Es fácil el descenso al infierno. —Virgilio.
Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo,
y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos:
«¿Quién dicen los hombres que soy yo?»
Marcos 8,27
Es posible que a este mundo no le hagan tanto daño las maldades de los malos cuanto las omisiones de los buenos. Este mundo quizá no tiene tantos culpables como cómplices.
En efecto, el repetido produce costumbre, y la costumbre nos enseña a considerar como “normal” lo que al principio rechazábamos. Un paso más, y resultaremos defendiendo lo que antes nos escandalizaba. Todo sucede de modo tan suave y continuo, que no llegamos a verlo, precisamente porque nuestra vista se ha ido moviendo con lo visto.
Ahora bien, el mal engendra costumbre porque ofrece ventajas. No nos engañemos: el mal se agarra fuerte en nuestra vida a través de los bienes parciales que nos reporta, y de las comodidades que nos trae, los privilegios con que nos adormece. Y así soñolientos —como los Apóstoles en Getsemaní—, resultamos incapaces de vencer la tentación o de sobreponernos al embate del Maligno.
Por ello es cierto que, si la mitad del tiempo que gastamos en tratar de ser buenos la invirtiéramos en estar de veras despiertos ante el mal, seguramente venceríamos el doble de veces. —Pero, ¡atención!: despiertos, no asustados; atentos, no obsesionados; lúcidos, no amargados; prudentes, no cobardes.
Muchas de nuestras batallas contra el mal las hemos perdido antes de empezar, porque su astucia nos encontró dormidos. Convenzámonos de que, después de que Cristo venció al pecado y ató “al fuerte” (cf. Mt 12,28-29), lo único fuerte que le queda al mal es el espacio que le deja nuestra debilidad, sea en forma de falta de fe, de pusilanimidad, de ignorancia o de negligencia.
Cuestionar, pues, es estar despierto, infinitamente despierto al bien que tan caro le ha costado a Dios; por eso, es mirar de nuevo lo sobreentendido; es preguntarse por lo obvio, lo natural, lo cotidiano.
Pero no todo cuestionamiento es provechoso. Brindemos algunas sugerencias:
1. Procura tener claro especialmente a qué bien deseas acercarte, y no sólo de qué mal deseas apartarte.
2. No cuestiones para que aparezcan tus preguntas, ni para que se vean las mentiras de los demás; cuestiona para ayudar a tu hermano a alcanzar su verdad.
3. No te olvides de la oración del salmista: “Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?” (Sal 130/129,3 ). Recuerda entonces que ninguna vida resiste juicio. Cuando preguntes, pues, mira si hay en ti por lo menos tanta misericordia y tanta caridad cuanto hay de agudeza o de crítica.
4. Ama más la pregunta que recibes, aunque sea una verdad sencilla, que la pregunta que haces, aunque sea una cuestión brillante o profunda.
5. Cultiva un espíritu de peregrino, a la manera de Abrahán, porque, a menudo, cuestionar supone quedarse sin patria.
1. ¿Cuestionas tu realidad? ¿Cómo?
2. Cuando cuestionas, ¿generalmente es un signo de inconformidad,
desacuerdo o ignorancia? Describe.
3. ¿Quién cuestiona tus actitudes y tu vida?
4. ¿Te dejas cuestionar con facilidad? ¿Por qué?
5. ¿Y de quién te dejarías o le permitirías que te cuestionara todo y
a fondo?
6. ¿Qué le cuestionarías a la Iglesia hoy?
7. ¿Qué le cuestionas a un amigo, y compañero (a)?
8. ¿Hay algo que quisiera cuestionar de la educación y formación que
has recibido de tus papás y maestros? Enumera.
9. ¿Te has cuestionado el por qué de tu vida? ¿En qué situaciones?
10.Ultimamente, ¿qué anda cuestionando tu vida?
9 ¿Cómo podrá un joven llevar una vida
inocente?
Cumpliendo tus
palabras.
10 Yo te busco de todo corazón,
no permitas que me
aparte de tus mandatos.
11 En la mente conservo tus
consignas,
para no nunca ir a
ofenderte
12 Bendito eres, Señor,
enséñame tus
decretos.
13 Voy a repasar con mis labios
los preceptos que
tú has dado.
14 Me alegra más seguir tus leyes
que abundar en la
riqueza
15 Medito tus normas,
y considero tus
reglas de conducta.
16 Tus decretos son mi delicia,
no olvidaré tus
palabras.
17 Sé bueno con tu siervo, y viviré
guardando tus palabras.
18 Ábreme los ojos para que pueda
contemplar
las maravillas de
tu voluntad.
19 Vivo desterrado en este mundo,
no me ocultes tu
voluntad
20 Mi corazón se agota
anhelando siempre
tus preceptos.
21 Tú reprendes a los orgullosos:
malditos los que
desobedecen tus mandatos.
24 Tus leyes son mi delicia,
en ellas buscaré
consejo.
· Hubo en todo el Oriente antiguo hombres que, ejerciendo la adivinación (cf. Núm 22,5s; Dan 2,2; 4,3s), eran considerados aptos para recibir mensajes de la divinidad. Y profetas hubo en Israel que cumplieron análoga función (1Re 22,1-29). Pero esto no es lo más propio del ministerio profético en el pueblo de Dios. En realidad, detrás de la voz del profeta está la voz del Dios clemente y misericordioso, sabio y fiel que convoca sin cesar a su pueblo, lo educa, lo corrige, en fin, lo interpelaq y cuestiona.
· La voz cuestionante del profeta suele resultar demasiado incómoda, y por ello el profeta tendrá como sino la persecusión: se exterminó a los profetas bajo el reinado de Ajab (1Re 18,4.13; 19,10.14), probablemente bajo Manasés (2Re 21,16), ciertamente bajo Yoyaquim (Jer 26,20-23). Jeremías no ve nada de excepcional en estas matanzas (Jer 2,30); en tiempos de Nehemías su mención ha venido a ser un tópico (Neh 9,26), y Jesús podrá decir: “Jerusalén, que matas a los profetas…” (Mt 23,37).
· La idea de que la muerte de los profetas es su última y decisiva profecía se va, pues, abriendo campo. La misión del Siervo de Yahvé, culminación de la serie, comienza en la discreción (Is 42,2), y se consuma en el silencio del cordero llevado al matadero (Is 53,7). Este fin se veía venir: desde Moisés era tarea profética no sólo cuestionar sino interceder por el pueblo (cf. Is 37,4; Jer 7,17; 10,23s; Ez 22,30); el Siervo, figura de Cristo Paciente, salva a los pecadores de la muerte muriendo en intercesión por ellos (Is 53,5.11s).
· Los héroes, hijo mío, jamás tienen pretextos. —Elías M. Zacarías.
· Más fácil es parecer dignos de empleos que no se tienen, que de aquellos que se desempeñan. —La Rochefoucauld.
· Ya que tantos en el mundo aprendieron a vivir sin creerle a Dios, quiso Jesús hacer su camino por la tierra sin creerle al mundo. —Fray Nelson Medina F., O.P.
· No te preguntes únicamente qué tan feliz eres tú, sino qué tan felices son los que viven contigo. —Marden.
· Premia el mundo más a menudo las apariencias de mérito que el mismo mérito. —La Rochefoucauld.
· Si Dios te tratara con la indiferencia con que tú lo tratas, ¿cómo te iría? —Anónimo.
· La ira es una locura breve. —Horacio.
· La justicia es la verdad en acción. —Joseph Joubert.
· Daña a los buenos la demasiada indulgencia con los malos. —Anónimo.
Sucede a todo el que oye la Palabra del Reino y no la comprende,
que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón:
éste es el que fue sembrado a lo largo del camino.
Mateo 13,19
Resumir es recordar con inteligencia. Por ello, este importante verbo supone especialmente dos facultades: la memoria y el entendimiento.
Aprender a resumir implica aprender a recordar. Cuán importante sea este recordar nos lo muestra este sólo hecho, que Dios no tiene otro modo de hablarnos, ni otro papel para escribirnos, que no sea nuestra propia historia, con todo lo que en ella se contiene. Se ve de aquí cuán grave error sea no saber recordar: simplemente es tanto como perder contacto con la propia historia, y, entonces, también con Dios.
En efecto, la memoria es quien nos mantiene en lo que somos. Si el más terrible de los criminales despertara un día, olvidado de quién es, de cómo se roba o se mata, de dónde viven sus amigos bribones, ese mismo día dejaría de ser un malvado. Recíprocamente, si al más virtuoso de los hombres un día se le olvidara cuánto le ha amado Dios, y quién es Jesucristo y cómo se le sirve y honra, ese mismo día echaría por tierra el camino de sus virtudes y probablemente se dejaría seducir por lo primero que atrajera sus ojos. La conclusión se sigue y es importante: mi memoria es el escultor de mi vida; lo que yo vivo recordando, en eso me voy convirtiendo.
Una persona, pues, que mire su vida como «un fracaso» y que así la resuma, no puede ser otra cosa que el fracaso en persona. Una persona que se dedique a recordar sus pecados sólo puede repetirlos. Una persona que no se desprenda de las ofensas que ha recibido es ya un homicida en potencia: por lo menos un homicida de su propia paz.
Mas, por otra parte, aprender a resumir supone recordar con inteligencia.«Los árboles no dejan ver el bosque» también c