50 Verbos Esenciales
Para bien vivir, hay que saber...
11. Amar
12. Esperar
13. Obedecer
14. Cuidar
15. Extrañar
16. Imaginar
17. Buscar
18. Proyectar
19. Emprender
20. Disfrutar
Jesús le dijo: «El segundo mandamiento es semejante al primero:
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»
Mateo 22,39
Puede decirse que, en el fondo, el pecado sólo dañó una cosa: el amor; y también puede decirse que la gracia de Dios, que Cristo ganó para nosotros en la Cruz, sólo restauró una cosa —y a través de ella, todas—: el amor.
Falta de amor: este es el nombre de la desgracia; plenitud de amor: este es el nombre de la Vida. Porque Dios es Amor.
En efecto, creados por amor y redimidos por amor, los seres humanos tenemos como primera referencia, como primer lenguaje, como única felicidad y como fundamental esperanza el amor. Nunca, pues, puede sobreestimarse su importancia en nuestra vida. Equivocarse en esto es equivocarse en todo.
Primera referencia, porque nuestro ser mismo no fue negociado sino simplemente otorgado, y dar, darse es como la naturaleza misma del amor. Lo primero, entonces, que nos pasó se llama «amor»; y a partir de ese primer y fundamental hecho miramos y valoramos los demas hechos.
Primer lenguaje, porque desde el momento en que el amor ha hecho posible la vida —mi vida y tu vida— desde ese mismo momento nos ha abierto a «lo demás» y a «los demás». Desde que somos instalados en el «ser» la única llave que nos abre se llama «amor». Los lenguajes que luego aprendemos: el de los gestos, las caricias, el llanto, las palabras, son siempre idiomas segundos cuya fuerza expresiva depende del idioma primero del amor. Cuando este falta o ha dejado serias deficiencias, ningún gesto, ninguna caricia, ningún llanto, ninguna palabra logra reemplazarlo.
Unica felicidad, porque sólo en el amor se detiene nuestro connatural anhelo de ser felices. Mal se llama felicidad lo que tiene fin, lo que desilusiona, lo que se compra, o lo que no sacia. Pasa la vida, se agota la vida, se derrumba la vida, y sólo sigue llamándose «vida» lo que ha construido el amor.
Esperanza fundamental, porque el apetito de amar y ser amado es lo que esperamos en lo que esperamos. ¿Será aquí? ¿Será él? ¿Será ella? Todo depende de qué se responda a una pregunta: ¿me amará? Feliz quien puede responder «Sí, porque su Nombre es Amor.»
1. ¿Qué es lo que amas de una persona?
2. Y en cuanto a las personas que dices amar, ¿qué amas en ellas?
3. ¿Consideras que amar tiene implicaciones? (menciona).
4. ¿Cuáles te parecen que sean las causas que hacen que no amemos o
que amemos menos a las personas?
5. Amar ¿te nace? ¿o lo optas, decides, procuras?
6. ¿Qué razón descubres para que el amor crezca en ti?
7. Nombra a tres personas que amas y además lo saben; y tres que no
lo sepan ¿Cuáles son las razones de ello?
8. Nombra a tres personas que has dejado de amar o ames poco. Da tus
razones.
9. Menciona a tres personas que creas que te aman y por qué lo crees.
10.Menciona a tres personas que piensas que no te aman y por qué.
11.¿Cuál crees que es el lenguaje del amor? ¿Cómo descubres el amor?
12.Describe a tu parecer el Amor Verdadero.
13.¿Piensas que el amor hace libre o subyuga, domina?
14.¿Consideras que el amor es inmutable, o que cambia en la medida
que el ser crece en edad, madurez y conocimiento?
1-2 Bendeciré al Señor a toda hora,
en mi boca estará
siempre su alabanza.
3 En
el Señor está mi gloria;
que lo escuchen
los humildes y se alegren.
4 Proclamemos
la grandeza del Señor,
exaltemos su
nombre todos juntos.
5 Busqué
al Señor, y me escuchó,
me libró de todo
peligro.
6 Los
que miran al Señor, estarán radiantes,
la vergüenza no se
asomará en su rostro.
7 Miren
aquí un hombre afligido:
clamó, y lo
escuchó el Señor,
lo salvó de todas
sus angustias.
8 El
ángel del Señor hace guardia
en torno a sus
fieles para protegerlos.
9 Gusten
y verán qué bueno es el Señor,
dichoso el que
busca su refugio en él.
10 Santos del Señor, acátenlo,
que nada faltará a
los que le hacen caso.
11 Mientras los leones, faltos de
presa, pasan hambre,
ningún bien
faltará a los que buscan al Señor.
12 Vengan, hijos, a escucharme,
les enseñaré a
respetar al Señor.
13 ¿Deseas una vida larga,
quieres disfrutar
de días de felicidad?
14 Guarda tu lengua del mal,
tus labios de
palabras mentirosas.
15 Apártate del mal y haz el bien,
corre en busca de
la paz.
17 El Señor se fija en los que
obran el mal
para borrar de la
tierra su recuerdo.
16 Pero no aparta sus ojos de los
justos,
tiene el oído
atento a sus clamores.
18 Cuando claman a él, los oye
y los libra de
todas sus angustias.
19 El Señor está cerca de los
atribulados
y salva a los que
sufren opresión.
20 Muchas son las penas que el
justo ha de sufrir,
pero de todas
ellas el Señor lo libra.
21 El Señor cuida de su cuerpo,
no deja que un
solo hueso se le quiebre.
22 Al malo su propia maldad lo
matará,
los que odian al
justo pagarán su culpa.
23 El Señor libra de la muerte a
sus servidores,
los que a él se
acogen no sufrirán castigo.
· Podemos decir que la primera manifestación del amor de Dios es la del amor de quien se hace amigo. Abrahán, un pagano entre tantos, es llamado por Dios (Jos 24,2s) para ser su amigo (Is 41,8), a quien hace partícipe de sus secretos (Gén 18,17). De Moisés dice bellamente la Escritura que Dios hablaba con él como un hombre con su amigo (Éx 33,11). Y desde lo íntimo de esa amistad, Moisés descubre la inmensa ternura de Dios (Éx 34,6s). Los Profetas, confidentes de Dios (Am 3,7) se sienten a veces desgarrados (Jer 20,7ss) y a veces gozosos (Jer 20,11ss) de ese amor de predilección. Por eso el lenguaje profético hablará de Dios como de un esposo amantísimo que tiene que sufrir (Os 11,8) pero que también puede y quiere dar a su esposa un corazón nuevo capaz de amar (Os 2,21s; Jer31,3.20.22; Ez 16,60-63; 32,26s). Otras imágenes como la del pastor (Ez 34) y la de la viña (Is 5; Ez 17,6-10) expresan el mismo celo y el mismo drama.
· El Deuteronomio recuerda incesantemente que el amor de Dios a Israel es gratuito (Dt 7,7s) y que Israel tiene como primer mandamiento amar, amar a Dios con todo su corazón (Dt 6,5). Amor que ha de expresarse con actos de adoración y obediencia (Dt 11,13; 19,9) que suponen elegir radicalmente a Dios como mi Dios (Dt 4,15-31; 30,15-20).
· Israel, especialmente después del exilio, descubre cada vez más la vida con Dios como un diálogo de amor. Así, sin duda, relee la historia de los dos enamorados del Cantar de los Cantares, que se buscan y encuentran, movidos por un amor “fuerte como la muerte” (Ct 8,6). El judío piadoso sabe que Dios ama no sólo a todo el pueblo (Dt 4,7) o a sus jefes (2Sam 12,48s) sino a cada judío, sobre todo al justo (Sal 37,25-29; 146,8), al pobre y al pequeño (Sal 113,5-9). Poco a poco se abre camino la certeza de que Dios también ama a los paganos (Jon 4,10s) e incluso a toda creatura (Sab 11,23-26).
·
El Nuevo Testamento es nuevo ante todo por una definitiva
manifestación del amor de Dios en el hecho irrepetible e inconmensurable de la
cruz de Cristo: “tanto amó Dios al mundo que le dio su hijo único” (Jn 3,16).
Dios se ha acordado de su misericordia (Lc 1,54s; Heb 1,1); se ha dado a
conocer (Jn 1,18); ha mostrado cuánto nos ama (Rom 8,39; 1Jn 3,1; 4,9) a través
de la vida y muerte del Hijo a quien tanto ama (Jn 3,35; 10,17; 15,9; Col
1,13). Porque Jesús dih=lqen eu)ergetw½n: pasó haciendo el bien (Hch 10,38; Mt 11,28), en un desinterés
total (Lc 9,58); escogió gratuitamente a los que quiso (Mc 3,13) para hacerlos
sus amigos (Jn 15,15s).
· La cruz es la epifanía del más grande amor. Totalmente libre (cf. Mt 26,53; Jn 10,18), a través de la tentación y del aparente silencio de Dios (Mc 14,32-41; 15,34; cf. Heb 4,15), en la radical soledad humana (Mc 14,50; 15,29-32), perdonando sin embargo y acogiendo todavía (Lc 23,28.34.43; Jn 19,26) llega Jesús al más grande amor (Jn 15,13). Entonces da todo, sin reserva, a Dios (Lc 23,46) y a todos los hombres (Mc 10,45; 14,24; 2Cor 5,14s; 1Tim 2,5s), de modo que, así como él nos ha amado, nos amemos unos a otros (Jn 13,34-35; cf. Lev 19,18).
· Dios es amor. Pero el amor es vulnerable. Dios, de alguna manera, será siempre más débil que nosotros. —L. Evely.
· Sepamos amar a nuestros enemigos más de lo que ellos nos detestan. —Santa Teresa del Niño Jesús.
· No es el odio quien vence al amor, sino un amor a otro. —Santo Tomás de Aquino, O.P.
· La ciencia de Dios sondea la vida y no la colma; el amor de Dios la ilumina, la eleva y la llena. —Fray Enrique Lacordaire, O.P.
· Pensar es hermoso; orar es mejor; amar es todo. —Elisabeth Leseur.
· El día en que no estemos ardiendo de amor, muchos otros morirán de frío. —F. Mauriac.
· El amor no consiste en mirarse los dos el uno al otro, sino en mirar juntos en la misma dirección. —A. S. Exupéry.
· Para el que ama, mil objeciones no llegan a formar una duda; para el que no ama, mil pruebas no llegan a constituir una certeza. —Anónimo.
· Es casi imposible ocultar mucho tiempo el amor cuando existe, ni fingirlo cuando no existe. —La Rochefoucauld.
· Señor, de ti no espero menos que amor. —Fray Nelson Medina, O.P.
· Bien deseo que si a cualquier hora del día me preguntan: “¿Qué estás haciendo?”, pueda yo responder: “Estoy amando a Dios”. —Santa Teresa del niño Jesús.
«En su nombre pondrán las naciones su esperanza.»
Mateo 12,21
Nuestro tiempo ha sido herido en la esperanza. Lo dicen los rostros prematuramente entristecidos de tantos jóvenes, la mediocridad de tantos adultos, el vacío egoísmo de tantos niños.
Nuestra crisis no es inmediatamente de fe. Ya no estamos bajo el yugo del positivismo del siglo diecinueve, ni del ateísmo marxista de este siglo. Al contrario: hoy, más que nunca, la gente parece dispuesta, casi urgida, de creer en algo. Tampoco es directamente una crisis de amor, porque nunca dejamos de amar, aunque amemos mal.
Pero, ¿y la esperanza? ¿Quién salvará a la esperanza? ¿Podemos ofrecer a este mundo, cansado, desengañado y hastiado de todo, una genuina y vigorosa esperanza? La pregunta es importante, porque es probable que, de aquí a unos pocos años, sólo sobrevivirán los que hayan encontrado razones para esperar.
Aprender a esperar no es aprender a no protestar. Esperanza no es lo mismo que resignación; no es virtud de cobardes ni es compatible con la indiferencia o la tibieza. Tampoco es pura utopía, ni es otro nombre para la ilusión. Simplemente no es virtud de soñadores empeñados en mudarse a sus quimeras.
Esperar es tener los ojos abiertos a la entraña del mundo —de este mundo, tan amado de Dios— para devolver a todos el derecho de caminar hacia un mundo nuevo. La esperanza es la inteligencia del presente. Es la saludable tensión que nos lanza hacia más allá de nosotros mismos. Es la capacidad de no detenerse en el pegajoso «hoy»; de no perderse envuelto en las cobijas de la cotidianidad y la rutina. Es no excusarse ya más diciendo: «siempre fue así». Es la terquedad de afirmar más el futuro y el valor de no dejarse sepultar por el pasado.
Esperar es no declararse terminado. «Es que yo soy así»: esta es la frase que mata la esperanza. Para no decirla, para nunca más repetirla, ha resucitado Jesucristo. Y nosotros, «salvados en esperanza» (Rom 8,24), tenemos en la Pascua del Señor nuestra razón para confiar. En esta confianza nos educan los Santos, adelantados del mundo definitivo, primicias de la cosecha eterna. Dichosos ellos, testigos de la esperanza: son las únicas personas libres.
1. ¿Qué esperas de la vida?
2. ¿Y qué «cosas» esperas de tus amigos?
3. ¿Esperas algo de ti? (Comenta).
4. ¿Qué y cuánto das de lo que esperas recibir?
5. ¿Qué y cuánto recibes de lo que esperas?
6. ¿Qué crees que los demás esperan de ti? (padres, hijos, pareja,
compañeros, amigos, etc).
7. ¿Tú piensas que no esperar nada nos hace mejores? (es decir,
desinteresados) o peores? (es decir, pusilánimes)
8. ¿Te cuesta esperar? ¿por qué?
9. ¿Consideras que haya algo que Dios espere de ti? (Explica).
10.¿Y qué esperas tú de Dios?
11.¿Qué le aconsejarías a un desesperado y desesperanzado?
1 Tú
que vives al amparo del Altísimo,
a la sombra protectora
del Dios Omnipotente,
2 dile
al Señor: Tú me proteges y me defiendes,
Dios mío, yo pongo
mi confianza en ti.
3 Él
te librará de los peligros ocultos,
de la palabra
funesta.
4 Te
protegerá bajo sus alas,
podrás refugiarte
a su lado;
su lealtad será tu
escudo y protección.
5 No
temerás el peligro por la noche,
ni el ataque
enemigo de día,
6 ni
la enfermedad que acecha en las tinieblas,
ni la peste que
devasta en pleno día.
7 Aunque
caigan mil a tu lado,
diez mil a tu
derecha,
a ti no te
alcanzará.
8 Te
bastará abrir los ojos y mirar
para ver el
castigo de los malos.
9 Porque
cuando buscaste refugio en el Señor
hiciste del
Altísimo tu protector.
10 No sufrirás calamidades,
a tu casa no se
acercarán los males,
11 porque Dios encargará a sus
ángeles
que te cuiden
dondequiera que tú vayas.
12 Te llevarán en las palmas de
las manos
para que no
tropieces con las piedras.
13 Caminarás sobre fieras y
serpientes,
pisotearás leones
y dragones.
14 El Señor dice: «En mí se apoya: yo lo libraré;
porque invoca mi
nombre lo protegeré.
15 Yo lo escucharé cuando me
llame,
en la aflicción
seré su compañero,
lo protegeré y le
daré honor,
16 le concederé una larga vida,
y le haré ver mi
salvación.»
· Las promesas de Dios fueron revelando a su pueblo un porvenir esplendoroso, superior a cuanto ven nuestros ojos: “una patria mejor, es decir celestial” (Heb 11,16), “la vida eterna, en la que el hombre será semejante a Dios” (1Jn 2,25; 3,2). La fe en las promesas divinas garantiza la realidad de este futuro (cf. Heb 11,1) y permiten por lo menos entrever sus maravillas. Consiguientemente es posible al creyente desear este futuro o, más exactamente, esperarlo.
· En efecto, la participación en este futuro indubitable es problemática, pues depende de un amor fiel y paciente, que es una exigencia difícil para una libertad pecadora. El creyente no puede fiarse de sí mismo para alcanzar ese futuro. Sólo puede esperarlo, con confianza, del Dios en el que cree y que es el único que puede hacer su libertad capaz de amar. Fe, confianza, esperanza y amor son, pues, diferentes aspectos de una actitud espiritual compleja, pero unitaria.
· La misteriosa promesa hecha por Dios a la humanidad pecadora, ya en los orígenes, (Gén 3,15; 9,1-17) atestigua que Dios no la dejó jamás sin esperanza. Pero esta esperanza sólo empieza a tomar un rostro definido en la amistad de Dios y Abrahán. Las promesas de Dios (Gén 12,1) son la fuente de la esperanza de Abrahán y su descendencia. Al principio, una esperanza quizá demasiado “terrena”, cabalmente, una tierra “que mana leche y miel” (Éx 3,8.17) y una incontenible prosperidad (Gén 49; Éx 23,27-33; Lev 26,3-13; Dt 28).
· Sin embargo, no se trata de puro bienestar, sino de bendiciones (Gén 39,5; 49,25), regalos de Dios (Gén 13,15; 24,7; 28,13) y expresiones de su fidelidad a la amistad y a la alianza (Éx 23,25; Dt 28,2). Y por eso, cuando la fidelidad a la alianza lo exija, esos bienes deben sacrificarse, en la certeza y la esperanza de que el verdadero Bien es el Señor (Jos 6,17-21; 1Sam 15).
· El pueblo de Israel no tuvo siempre claridad sobre el hecho de que su verdadera esperanza estaba en el pacto con Yahvé. Por eso intentó asegurarse su porvenir con cultos supersticiosos o idolátricos, o con simples alianzas políticas (Jer 8,15; 13,16). Los profetas recordarán al pueblo que sin fidelidad no hay salvación (Os 12,7; Is 26,8ss; 59,9ss). Sólo tiene derecho a esperar el que se atreve a confiar, así se trate de un pequeño resto (Am 9,8s; Is 10,19ss). Para éste habrá un porvenir lleno de esperanza (Jer 29,11; 31,17), que puede y debe ser predicado. Así lo hicieron los profetas (Jer 30—33; Ez 34—48; Is 40—45).
· En Jesucristo se hace presente nuestra esperanza, pues sólo él anuncia la llegada del Reino de Dios (Mt 4,17). Mas este Reino pasa por el oprobio de la cruz, atnto en Jesús como en nosotros (Mt 16,24ss), y por eso la esperanza cristiana se ve como impelida a mirar más allá del umbral de la muerte (Mt 18,8s), pues cada uno recibirá retribución según su conducta (Mt 16,27; 25,31-46).
· Mientras llega ese día, la Iglesia, fortalecida con las promesas (Mt 16,18) y cierta de la presencia de su Señor (Mt 28,20), debe llevar a plenitud las esperanzas proféticas, abriendo a las naciones los tesoros del Evangelio de salvación (Mt 8,11s; 28,19).
· De noche, sobre todo, es hermoso creer en la luz. —Platón.
· Nos hacemos promesas según nuestras esperanzas, y alcanzamos de acuerdo con nuestros temores. —La Rochefoucauld.
· Aguardad vuestro turno con paciente y con fe, que hay más estrellas que hombres, y hay alas para todos. —León Felipe.
· Que cada novedad nos encuentre enteramente disponibles. —André Gide.
· No hay que confiar en quien confía demasiado en sí mismo. —Carlos Román Celis.
· La esperanza es una mano misteriosa que nos acerca a lo soñado. —Octavio Colmenares.
· Todos vivimos en el cieno, pero algunos levantamos los ojos a las estrellas. —Oscar Wilde.
· Se puede vivir sin dinero, sin crédito y sin estimación: pero no se puede vivir sin esperanza. —José Selgas.
· La esperanza es quizá la única diosa sobrevivente del Olimpo. —Octavio Colmenares.
· El que vive sólo de esperanzas, se expone a morir de hambre. —B. Franklin.
· La esperanza es el sueño de un hombre despierto. —Diógenes.
· La esperanza es la única abeja que hace miel sin la ayuda de las flores. —Robert Ingersoll.
Jesús bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos.
Lucas 2,51
En nuestros días, quizá ningún verbo suene tan extraño como éste. Obedecer significa, para muchas personas, renunciar a pensar, renunciar a desear, renunciar a ser uno mismo.
Tal vez sucede así, porque en el fondo suponemos que de uno sólo vale lo que uno mismo decida, lo que uno mismo haga. Nos negamos a obedecer porque nos cuesta demasiado confiar, y porque estimamos que nada bueno puede esperarse ni aprenderse de los demás.
Pero la realidad es otra. No fue tu decisión ni tus méritos ni tus esfuerzos lo que te trajo a la vida. No comenzamos decidiendo, sino recibiendo. ¿Por qué será tan fácil olvidarnos de esto? ¡Y es algo tan sencillo! Tú no eres el principio de ti. Tu origen y tu razón de ser no te los das tú mismo, por consiguiente, hay que recibirlos, hay que acogerlos. Esta acogida, lúcida y voluntaria, es la esencia misma de la obediencia.
Para bien obedecer, pues, hay que tener los ojos abiertos, y hay que amar mucho la luz para la que hemos sido creados. Obedecer no es ser irracional, sino entender que la suprema razón de mi vida —aquello que es mi bien y mi mal— no es algo que yo me dé a mí mismo, sino que he de buscarlo, aceptarlo y hacerlo realidad. Obrar de otro modo es comer del árbol de la ciencia del bien y del mal (cf. Gén 2,9.17; 3,5-6).
Obedecer es dejarse formar, más aún, cooperar en la propia formación. La desobediencia pertinaz, en cambio, nos convierte en abortos espirituales; bocetos incorregibles; caricaturas de lo que acaso hubiéramos podidos ser.
Ahora bien, puesto que se trata de formar todo cuanto somos, quien obedece sin inteligencia obra mal, porque no obedece con todo su ser. Dios no quiere autómatas, sino personas. Ni obra bien el que obedece sin amor, porque dejará sin formar el amor.
La perfección de la obediencia, es la totalidad de la obediencia: todo el tiempo, a todas las personas, en todas las cosas, con todo el ser. De modo tal, sin embargo, que en todo sea servido el bien y con todo se busque la gloria de Dios.
1. Para ti, ¿en qué consiste este verbo?
2. ¿A quién has obedecido?
3. ¿Qué ventajas y frutos le ves a la obediencia?
4. ¿Eres capaz de obedecerte a ti mismo?
5. ¿Por qué crees que es necesario que los niños y jóvenes obedezcan?
6. ¿Si eres adulto ( > 25 ) a quién (clase y género de persona)
«profesarías» obediencia?
7. ¿Para qué y por qué profesarías obediencia?
8. ¿Tú piensas que la esposa debe obedecer al esposo? (en qué, por
qué, etc).
9. ¿Qué dificulta o hace pesada la obediencia para ti?
10.¿Por qué criterios o normas te regirías para mandar y exigir
obediencia?
11.¿Consideras que la obediencia es una virtud o un «mal necesario»?
1 Dichosos
los que siguen el camino perfecto
y cumplen la
voluntad del Señor.
2 Dichosos
los que guardan sus leyes
y lo buscan de
todo corazón;
3 no
cometen ningún crimen
sino que siguen la
conducta que él ordena.
4 Tú
dictas tus normas
para que las
guardemos fielmente.
5 Ojalá
me mantenga con firmeza
en el cumplimiento
fiel de tus decretos.
6 Entonces
no sentiré vergüenza
al mirar todos tus
mandatos.
7 Te
alabaré con corazón sincero,
cuando aprenda tus
justos preceptos.
8 Quiero
guardar tus decretos:
no vayas jamás a
abandonarme.
49 Recuerda la palabra que diste a
tu siervo,
que alienta mi
esperanza.
50 Esto me consuela en mi
aflicción,
porque tu promesa
me da vida.
51 Gente orgullosa me insulta a
toda hora,
pero yo no me
aparto de tu voluntad.
52 Recuerdo tus antiguos
preceptos,
Señor, y me
consuelo.
53 Siento viva indignación por los
malvados
que no hacen caso
de tu voluntad.
54 Tus decretos son motivo de mis
cantos
mientras dura mi
destierro.
55 De noche pienso en ti, Señor,
para cumplir tu
voluntad.
56 Este es mi deber:
atenerme a tus
normas.
57 Tú, Señor, eres todo lo que
tengo:
prometo guardar
tus palabras.
58 De todo corazón quiero
agradarte,
concédeme tu
gracia, según lo prometiste.
59 He examinado mi conducta,
para ajustar mis
pasos a tus leyes.
60 Con premura, sin tardanza,
quiero guardar tus
mandamientos.
61 Los malvados me envuelven con
sus lazos,
pero no me olvido
de hacer tu voluntad.
62 A media noche me levanto para
darte gracias,
por tus justos
preceptos.
63 Seré amigo de todos los que te
respetan
y se atienen a tus
normas.
64 Tu amor, Señor, llena la
tierra,
enséñame tus
decretos.
65 Fuiste bueno con tu siervo,
Señor, según tus
palabras.
66 Enséñame a gustar y a
comprender,
porque yo confío
en tus mandatos.
67 Antes de sufrir, yo había
perdido el rumbo,
pero ahora me
atengo a tus consignas.
68 Tú eres bueno y generoso,
enséñame tus
decretos.
69 Los insolentes han intentado
calumniarme,
pero yo me atengo
a tus normas de todo corazón;
70 ellos tienen la mente obtusa,
pero mi delicia es
conocer tu voluntad.
71 Me hizo bien el sufrimiento,
me ayudó a
aprender tus normas.
72 Prefiero conocer tu voluntad
a tener montones
de oro y plata.
· En la Sagrada Escritura, la obediencia, lejos de ser una sujeción que se soporta o una sumisión pasiva, es una libre adhesión al designio de Dios todavía encerrado en el misterio, pero propuesto por la palabra de la fe, que permite por tanto al hombre hacer de su vida un servicio de Dios y entrar en su gozo.
· Dios domina como soberano en la creación: pone un garfio a Behemot (Job 40,24) y divide a Rahab (Sal 89,11); Cristo calma la tempestad y expulsa los demonios (Mt 8,27; Mc 1,27). “Los astros brillan… complacidos; él los llama y dicen: ‘henos aquí’ y brillan con gozo para el que los creó” (Bar 3,34s; cf. Sal 104,4; Sir 42,23; 43,13-26). Por todo ello la creación, de momento “encerrada en la desobediencia” (por el pecado del hombre, cf. Rom 11,32) evoca inconsciente y dolorosamente lo que habría debido ser su obediencia y por eso “aguarda la manifestación de los hijos de Dios” (Rom 8,19-22).
· En los orígenes, Adán desobedece a Dios, arrastrando en su rebelión a sus descendientes (Rom 5,19) y sujetando la creación a la vanidad (Rom 8,20). Abraham, en cambio, es tipo del creyente que, por ello mismo, es obediente a la palabra: “Deja tu país” (Gén 12,1), “camina en mi presencia y sé perfecto” (Gén 17,1), “toma a tu hijo… ofrécelo en holocausto” (Gén 22,2). La alianza que corrige la desobediencia de Adán sigue el mismo proceso: “Todo lo que ha dicho Yahvé lo haremos y obedeceremos”, responde Israel adhiriéndose al pacto que Dios le propone (Éx 24,7), lo cual ciertamente no excluye sino que potencia y da su lugar propio a las obediencias humanas: a los padres (Dt 21,18-21), a los reyes, los profetas y los sacerdotes (Dt 17,14—18,22).
· Sin embargo, Israel no es obediente. Es una “Casa Rebelde” (Ez 2,5), son “hijos rebelados” (Is 1,2), desobedientes como los mismos paganos (Rom 3,10; 11,32). Es que el hombre, esclavo del pecado (Rom 7,14) no puede obedecer a Dios. Para llegar a ello es preciso que la ley sea inscrita “en el fondo del corazón” (Jer 31,33).
· Esto es lo que hizo Dios en Cristo: “Así como por la desobediencia de uno solo la multitud fue constituida pecadora, por la obediencia de uno solo será constituida justa” (Rom 5,19). La obediencia de Cristo, desde su entrada en este mundo (Heb 10,5) hasta su muerte en la cruz (Flp 2,8) es una total adhesión —un solo y perfecto amor— al Padre, pues vino “no para hacer [su] voluntad, sino la del que [lo] ha enviado” (Jn 6,38; Mt 26,39). En él se rompen las cadenas de la desobediencia y en él puede cumplirse la voluntad salvadora de Dios en nosotros (Hch 6,7; Rom 1,5; 10,3).
· Se habla mucho de los derechos de las personas, pero muy poco o casi nada de sus deberes. —Octavio Colmenares.
· Repitiendo siempre “mañana” se pierde toda la vida. —Proverbio Medieval.
· La vida no es una fórmula; es una realización. —Paula Hoesl.
· A menudo, entendemos por deber aquello que esperamos que hagan los demás. —Oscar Wilde.
· He aquí lo que tú eres, nos dirá Dios. He allí lo que yo quería
que fueses. Compara. —P. Plus.
· La más cobarde de todas las tentaciones es el desaliento. —San Francisco de Sales.
· La mayoría de la gente desea servir a Dios… en calidad de consejeros. —Anónimo.
· Simples gotitas de agua, nos preguntamos para qué necesita de nosotros el océano; el océano podría responder que no se compone sino de gotitas de agua. —Fray Enrique Lacordaire, O.P.
· Obra de manera cada vez más precisa. —Vinet.
· Cuando el sacrificio asciende, la gracia desciende. Siempre. —P. Baeteman.
· Es preciso amar a Jesús con el sudor de nuestra frente y la fatiga de nuestros brazos. —San Vicente de Paul.
· La más linda palabra que puede decirse a Dios es: “sí”. —Guy de Fontgalland.
Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo,
y yo voy a ti.
Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado,
para que sean uno como nosotros.
Juan 17,11
Cuidar es reconocer que la vida es precaria y que hay que obrar en consecuencia. Es un acto de sensatez y de amor por el que admitimos con serenidad que somos frágiles, y que todo lo bueno que hay en nosotros también es frágil: ¿no lo es acaso la paz? ¿No lo son la sabiduría, la pureza, la justicia, la humildad? ¡Casi nos parece que ese es el sello del bien: ser débil!
Y en efecto, si somos pobres en el bien no es porque nos hayan faltado bienes, sino porque los hemos perdido. Aprender a cuidar es entonces un acto de gratitud a Dios y a quienes nos hacen el bien. Es también una actitud de misericordia; es como la raíz del amor. Y de hecho, ¡cuánto amamos a quienes nos han cuidado!
Cuidar supone conocer y valorar lo que somos y tenemos, y entender que el torrente del bien no puede detenerse en nosotros. No es, pues, un justificación para el egoísmo, porque cuidar no es simplemente conservar. Más bien: cuidar es lograr que cada uno y cada cosa alcance su meta; que sea lo que puede ser, lo que está llamado a ser. Es obstinarse en dar la oportunidad al que tal vez la necesita y no la ha tenido.
¿Qué hemos de cuidar? Todo. El mundo, casa del hombre. Y al hombre, a cada hombre. Hay que cuidar el cuerpo y su salud; el alma y su virtud; la familia y su unidad; la sociedad y su justicia. Hemos de cuidar de cada uno, sabiendo que no lo volveremos a tener en esta tierra; y apreciar en su medida el tiempo que tenemos, los recursos que se nos han dado, las ocasiones que ya no vuelven, la hermosura del instante, la gracia del día presente.
Dios nos conceda participar de su providencia amorosa, sublime cuidado de su amor de Padre.
1. De 1 a 10, ¿cuán cuidadoso eres?
2. ¿Qué es lo que cuidas con más empeño?
3. ¿Cómo y cuánto cuidas de tu imagen?
4. ¿De quiénes has recibido cuidados? ¿y de qué índole?
5. ¿A quién(es) te has encargado de cuidar?
6. ¿Qué cuidarías (o, a quién) con tu propia vida?
7. ¿Tú cuidas de las plantas en tu casa?
8. ¿Cuidas de ser agradable o agradecido? ¿de qué manera?
9. ¿Cómo cuidas de las personas que amas?
10.¿Qué cuidaste poco y de lo que te hayas arrepentido?
1-2 Dichoso el que se fija en el pobre e
indigente;
cuando esté en
peligro, lo salvará el Señor.
3 Dios
lo protege y le da vida, lo hace feliz en la tierra;
no lo deja en
manos de sus enemigos.
4 Le
da fuerzas cuando cae en el dolor,
convierte en bien
su enfermedad.
5 Por
eso exclamo: Señor, ten compasión de mí;
sáname, porque he
pecado contra ti.
6 Mis
enemigos me desean la calamidad, dicen:
«¿Cuándo morirá,
para que perezca su recuerdo?»
7 Vienen
a verme y expresan propósitos perversos,
se llenan de
malicia y la dicen al salir.
8 Cuchichean
contra mí los que me odian,
traman hacerme
algún perjuicio.
9 Dicen:
«Tiene un mal sin remedio;
se acostó para no
volver a levantarse.»
10 Hasta mi amigo, de quien yo me
fiaba,
que compartía mi
pan, me paga con traición.
11 Tú, Señor, ten compasión de mí,
hazme levantar
para pagarles como lo merecen.
12 En esto reconoceré que tú me
aprecias:
si mis enemigos no
cantan victoria sobre mí;
13 si me guardas incólume
y me mantienes
siempre en tu presencia.
14 ¡Bendito sea el Señor, Dios de
Israel,
desde siempre y
para siempre! Amén, amén.
· En la Sagrada Escrit